Abril
Miraba la tierna escena entre Chace y Nata, pero sin prestarle demasiada atención. Eran lo únicos dos que hablaban en la habitación. Mientras los observaba pensaba en Fede. Realmente lo extrañaba muchísimo, hasta el punto de fantasear con la idea de que el estuviera ahí conmigo. Ver en las miradas de los chicos algo más que amistad me alegraba por ellos, pero me ponía completamente melancólica.
Sentí que una mano tocaba mi hombro y alguien pronunciaba mi nombre. Me di vuelta para ver quien era. Tom me sonrió y dibujé en mi cara una sonrisa que pretendía no hacer notar que la estaba forzando aunque sin demasiado éxito. Definitivamente no estaba en mi mejor momento. Deseaba con todas mis fuerzas poder disfrutar de ese sueño que estaba viviendo sin tener nada en que preocuparme, pero simplemente no podía.
-Ab, ¿no me mostrás donde esta el baño? –preguntó Tom amablemente.
-Si, obvio. Vení.
Guié a Tom hacia las escaleras y subimos.
-La segunda puerta a la derecha –le indiqué.
-Gracias.
Caminó hacia la puerta que acababa de señalarle y entró. Seguí el mismo camino que él había realizado pero en lugar de atravesar la puerta a mi derecha, entré por la de la izquierda.
Me tiré en mi cama decidida a hablar con él.
Necesito escuchar tu voz Fede… te necesito.
Marqué el número de teléfono y esperé unos instantes hasta que me atendieron.
-Hola, buenas tardes –me saludó una voz femenina.
-Buenas tardes.
-¿En que puedo ayudarla?
-¿Me podría comunicar con el señor Gilváez por favor?
Siempre que llamaba a su oficina me reía por dentro al preguntar por el señor Gilváez. Para mi era Fede, o mi amor, o algo así… pero no “señor Gilváez”.
Aunque bueno, mi novio era un profesional, hasta secretaria tenía. Me resultaba un poco raro porque mientras que él ya estaba trabajando en un empleo formal, yo recién acababa de terminar la secundaria.
De todos modos, estaba segura de que nunca me hubiese gustado tener un novio de mi misma edad. Siempre consideré que, tanto yo como las chicas, éramos bastante maduras para la edad que teníamos, nos gustaba relacionarnos con gente más grande que nosotras y, sin contar a Nata y Cande, todos mis amigos eran mayores que yo. Desde que era chica me gustaba salir con hombres más grandes, los chicos de mi edad me parecían muy infantiles. La menor diferencia de edad que hubo entre alguno de mis ex novios y yo fue de tres años. Con Fede era mayor: el tenía veinticuatro, pero no era tan notoria.
-¿De parte de quien?
-Abril Díaz Lombardi –respondí a su secretaria. Tampoco me simpatizaba decir mi nombre y apellidos completos, pero esas eran "las reglas" o algo así.
-Un momentito, por favor.
Esperé unos segundos manteniendo el celular alejado de mi oído, ya que aborrecía por completo las melodías similares a las de las cajas musicales que ponían mientras uno esperaba que lo atendieran, hasta que finalmente alguien contestó
-¿Hola?
-¡Mi amor! –exclamé, notando el alivio que escuchar su voz había provocado en la mía.
-¡¿Ab, como estas?! –mi novio estaba igual de feliz que yo por escucharme.
-Acá… necesitando escuchar tu voz. ¿Vos como andás? ¿Todo bien?
-Si. Si, todo bien, trabajando un poco… pero contáme vos, ¿que novedades tenés?
Decidí no contarle que habíamos conocido a Joe, Tom y Chace. Quise evitar cualquier tipo de confusión y de discusión sin sentido.
-Lo mismo de siempre: con las chicas seguimos recorriendo el lugar, que es hermoso, y comprando cosas compulsivamente… intentando disfrutar las vacaciones… -Dije eso último con un dejo de amargura en la voz.
-¿Por qué intentando? ¿Qué pasó?
Los ojos se me humedecieron y levanté la vista para contener las lágrimas. Me sentía una estúpida, estaba llorando por una idiotez cuando podía estar aprovechando las vacaciones que había planeado durante tanto tiempo.
-Nada Fede, te extraño mucho… -se me hizo un nudo en la garganta, que me dificultaba hablar con normalidad –me cuesta esto de la relación a distancia, es… difícil.
-¿Y con eso qué me querés decir?
Sentí que me lo preguntaba como a la defensiva y me apresuré a explicarle bien a lo que me refería.
-No, no, nada. Que me encantaría tenerte más cerca. Pero solo eso, eh, no quiero que nada cambie entre nosotros.
-¡Ah! -suspiró aliviado -pensé que llamabas para darme alguna mala noticia sobre… nosotros.
-No, Fede. Eso nunca… -contesté disgustada ante la simple idea de estar separada de él, más allá de la distancia
-Ab, me están llamando –me interrumpió-, tengo una reunión importante. Hablamos en estos días, ¿dale? Te amo
-Yo tam…
Cortó. Miré el celular incrédula… ¡Me había cortado!
-Bueno, un beso mi amor. Suerte en tu reunión, yo también te amo –dije con sarcasmo, hablando sola.
Revoleé el celular, pero al verlo caer me arrepentí. Se le salió la batería y quedó desarmado en el piso. Ni me molesté en pararme a arreglarlo.
Me recosté en mi cama y se me llenaron los ojos de lágrimas nuevamente, pero esta vez no impedí que rodaran por mis mejillas. Sentía que las cosas no iban a funcionar.
Seguido de ese pensamiento más y más lágrimas brotaron de mis ojos.
Llamaron a la puerta. ¿Justo ahora alguien me necesita?, pensé amargada.
Agarré un pañuelo de papel de la caja que estaba dentro del primer cajón de mi mesa de noche y sequé mis lágrimas. Respiré profundamente para tranquilizarme, me levanté de la cama y me miré en el espejo. No se notaba tanto que había estado llorando. Me senté nuevamente en mi cama y contesté.
-Si, adelante.
Cande
Me di vuelta. Parado a tan sólo unos metros de mí, estaba Joe sonriéndome. Siempre me sonreía y al hacerlo me contagiaba.
-¿Qué, Joe? –dije sonriendo también.
-¿No me darías algo para tomar, por favor?
-Si, seguro –respondí.
Caminé hacia la heladera y la abrí. Miré en su interior y luego me corrí para dejar que Joe viese lo que había adentro.
-Mirá y elegí lo que quieras.
Sentí que caminaba hasta donde estaba yo. Estaba a punto de voltearme para verlo a la cara y preguntarle que quería, cuando sentí que sus manos se posaban sobre mi cintura y miraba por encima de mi hombro. Inmediatamente unas maripositas comenzaron a revolotear por mi panza. ¿Qué te pasa Candela? Respirá y actuá normalmente, por favor.
Me quedé quieta unos segundos, que me resultaron placenteramente eternos, esperando que me dijera que prefería.
-Eh… Coca-Cola, por favor.
Tomé la botella del estante suprior del refrigerador y me di vuelta, haciendo que sus manos se soltaran de mi cuerpo.
-Coca-Cola será, entonces.
Me sonrió y le devolví la sonrisa. Se acercó a la mesa y tomó asiento en una de las sillas. Yo me dirigí en sentido opuesto hacia el mueble donde guardábamos la vajilla y tomé un vaso, abrí la botella y vertí un poco de su contenido en él. Se lo alcancé a Joe, quien me agradeció y, al ver que no tenía intención de volver a la sala con los demás, me senté a su lado.
-¿Te gusta Los Ángeles? –preguntó al cabo de unos segundos.
-Si, es hermoso. Con las chicas planeamos este viaje durante tres años. Estar acá para nosotras es un cumplir un sueño.
-¿Y por qué eligieron hacerlo ahora y no antes?
-Porque teníamos que tener mas de dieciocho años, y Renata y yo los cumplimos recién en septiembre de este año. Y, en esta época, porque en Argentina son las vacaciones de verano.
-¿De que parte de Argentina son? Yo conozco Buenos Aires… -dijo con un acento tan raro que me causó gracia –fui dos veces, es muy lindo.
-Nosotras somos de ahí –miré su vaso vació y agregué-. ¿Querés más gaseosa?
-No, gracias, está bien así.
-¿Vamos con el resto de los chicos, entonces? –sugerí.
-Abril y Tom subieron a algún lado creo.
Ante esa declaración me sorprendí bastante y abrí los ojos demasiado. Él lo notó y rió.
-Creo que Tom quería saber donde quedaba el baño o algo así. Y, bueno... no interrumpamos a Chace y a Renata.
Sus palabras vinieron acompañadas de una mirada cómplice que entendí a la perfección. Quien sabía que estarían haciendo esos dos…
-Quedémonos acá mejor. Seguí contándome cosas sobre vos. Por ejemplo... ¿Cómo es tu apellido?
-¿Me estás preguntando mi apellido? –dejé escapar sin pensarlo.
-Sí. Si me decís el tuyo, yo te digo el mío.
-¿Me estás cargando? –dije incrédula. ¿Había alguien en el mundo que no supiera su apellido?
-No ¿Por qué? –Dijo con fingida inocencia, y sin dejar que contestara agregó –En fin, ¿me vas a decir como es?
Reí por dentro al imaginarlo pronunciar mi apellido.
-Pérez Orceliet.
Me miró con una mueca extraña que supuse que se debía a que no había entendido ni la mitad de lo que le había dicho.
-Candela Pérez Orceliet –repetí más lento.
-Candela Pérez Or… -dijo con un acento bastante gracioso.
-…celiet –finalicé-. Ahá. Ahora te toca decirme el tuyo –le recordé.
Joe rió entre dientes.
-¿De verdad es necesario?
-No, no lo es –reconocí, también entre risas.
-¿Qué te gusta hacer, a qué te dedicás? –me preguntó-. ¿Tejés al crochet, jugás al tenis…? -¿Qué le pasa, por qué me hace todas estas preguntas?
-Me gusta pintar –respondí riendo ante sus ocurrencias.
-¿Pintás? –preguntó asombrado.
-Sí, me fascina la pintura... los colores. Tengo una obsesión con ellos.
-Algún día me tenés que mostrar algo de lo que hacés –pidió sonriendo.
-Cuando gustes –respondí, encantada con la idea de volver a verlo aunque fuera para mostrarle algún bosquejo de cualquier cosa.
-¿Y como se te da el estar lejos de tu familia? –sus facciones se contrajeron en un gesto de dolor que intentó disimular y yo no entendí el por qué.
-Bastante bien, por ahora. Soy hija única así que me acostumbré a que mis padres me acosen todo el tiempo y me den todo servido en bandeja. Pero bueno, no me cuesta tanto acostumbrarme a eso, sino más bien al hecho de no tenerlos como apoyo moral.
Entonces comprendí que el malestar momentáneo que mostró su rostro se debió a que se había arrepentido de sacar el tema sobre la familia, ya que la conversación lo podía llevar a hablar de la suya.
En mi cabeza se asomó una idea completamente loca y arriesgada, pero no pude resistir la tentación de hacerle la pregunta que tenía en mente.
-Y… ¿tu familia? Digo, ¿Qué tal todo? –pregunté con cautela.
Cerró los ojos y apretó la mandíbula. Había dado en el blanco.
Le resultó imposible ocultar su nerviosismo.
-Y bueno, eh, mi familia… ¿vos sabías quien era yo antes de conocerme en persona? -preguntó, algo incómodo y avergonzado.
-Si, siempre me gustó su música – y cuando planeamos este viaje fue para venir a verlos tocar, pensé en mi interior-. Es más, cuando fueron a Argentina, las chicas y yo fuimos a verlos.
-¿En serio? .preguntó, bastante sorprendido.
Asentí sin emitir ningún sonido.
-Bueno, en fin… están todos bien –respondió finalmente-, Frankie está re grande y…
Siguió hablando de su hermano menor y sus padres pero evitó olímpicamente el tema de sus otros dos hermanos, Nick y Kevin. Parecía ser que le costaba demasiado tocar ese tema y, claro estaba, Candela Pérez Orceliet no era alguien a quien pudiera confiarle una charla sobre su pasado y su familia.
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