Cande.
Miré a Abril totalmente confundida. Estábamos hablando normalmente cuando su cara se transformó. Supuse que habría visto algo sorprendente detrás mío, ya que se quedó como hipnotizada mirando un punto fijo por encima de mi hombro. No me di vuelta porque no sabía que era lo que estaba mirando y podía quedar demasiado obvio que estaba observando eso si miraba yo también, aunque la expresión de su rostro la delataba por completo.
-¿Que pasó? –pregunté alarmada. Pero ella no contestó-. ¡Hey!
Me miró, aún desconcertada.
-No sabés lo que estoy viendo… no sabés quien esta ahí atrás…
-Dale, decime. ¡No me hagas rogarte!
-No, lo que pasa es que lo tenés que ver vos misma. Vení.
Me tomó de la mano y me llevó al lado de una ventana, pero esta vez, ella se situó mirando para el lado al que antes miraba yo y viceversa.
-Mirá quien esta atrás mío -dijo nerviosa.
-¿A dónde? No veo… ¿quién?
-Está con otros tres chicos. ¿No lo ves? Es… es Joe Jonas.
Se me paró el corazón al localizarlo con la mirada. ¿Joe Jonas? ¿Que hacía Joe Jonas ahí? ¿Sería amigo del que organizó la fiesta? En realidad… ¿a mi eso que me importaba? Lo único importante era que Joe Jonas estaba en el mismo lugar que yo, tan sólo a unos metros. Era increíble, el broche de oro de aquella noche mágica.
Era mucho más hermoso en persona que por foto o televisión, y aun más lindo de cómo lo había visto sobre el escenario unos años atrás. Su cabello corto y oscurísimo, peinado hacia arriba, enmarcaba su hermoso rostro de piel tostada y su mandíbula cuadrada y excesivamente varonil. Sus ojos, color almendra, brillaban por el efecto de las luces y su perfecta sonrisa se destacaba al reír a causa la conversación que mantenía con las personas que lo rodeaban.
Pasando por alto todas las cosas que podrían haberme distraído de su cara o su musculoso físico, mi atención se fijó en sus labios, voluminosos y enloquecedoramente tentadores.
A mis ojos, era simplemente perfecto.
En ese momento, se acercó Renata a donde Abril y yo estábamos paradas.
-¡Chicas! Oh my God ¿Vieron quien esta acá? –dijo emocionada.
-¡Si! –Contesté con mayor excitación– ¡Joe Jonas!
-¡Sh! Callate –dijo haciendo un gesto con la mano que me indicaba que bajara la voz, aunque nadie podría habernos oído a causa de la música que sonaba a todo volumen-. ¿Vieron que Chace nos dijo que era una fiesta con la gente del trabajo? -asentimos-. Bueno, me acaba de contar a que se dedica. A que no adivinan…
Me invadieron unas ganas tremendas de matarla lenta y dolorosamente. Odiaba cuando esperaba que adivinara cosas importantes pero sobre todo imposibles de saber.
-¿Podés decirnos, por favor? -le urgí, amenazadoramente.
-¿A que les suena “Morning Light”? –preguntó como respuesta a mi pregunta.
Pensé durante algunos segundos. Me sonaba muchísimo ese nombre. Creo que es una sitcom o algo así, dije para mi misma.
-Eh… me suena…
Abril estaba pensando con un gesto comiquísimo en su cara. Tenía los ojos bien abiertos y miraba para arriba, con una sonrisa enorme en su cara y un dedo levantado como pidiendo permiso para hablar. Empecé a reírme cuando…
-¡Ya se! ¿No es esa la serie donde trabaja Joe? –dijo, mostrando la obviedad del asunto.
Ahí reaccioné. Los chicos dijeron que era una fiesta con sus compañeros de trabajo. Pero, ¿eso quiere decir que trabajan en el mismo programa de televisión? O sea… ¿son actores?
-Exactamente. Chace me dijo que es actor –contestó Nata, como si me hubiera leído el pensamiento, dejándonos impresionadas. –Es co-protagonista de esa sitcom. Increíble, ¿no? Ahora comprendo que Abril tenía razón al sospechar que los chicos se tildaban a ellos mismos como otra clase de gente. Y, claro… ¡son actores, son famosos!
-Pero entonces… ¡OMG, te gusta un famoso!
La expresión de Nata cambió por completo. Antes tenía una gran sonrisa dibujada en su rostro. Ahora, en cambio, estaba muy seria.
-¿Quién dijo que me gusta Chace? –preguntó intentando disimular.
Con Abril intercambiamos una mirada de desconcierto. Al instante estallamos en risas. ¿Quién dijo que le gusta Chace? Por favor… A nosotras no nos engañaba. A nosotras no nos mentía tan descaradamente.
-Primero: nunca mencionamos el nombre ‘Chace’, lo hiciste vos sola. Y, segundo: tu cara lo dice, mi amor –dijo Ap tomándole el pelo-. Te conocemos demasiado como para que nos ocultes algo de esa forma. ¿Sabés cuantas veces te vimos ese gesto de felicidad? ¿Esa sonrisa que tenés desde que empezamos a hablar con él y el resto de los chicos? ¡Por favor!
-Totalmente. Coincido absolutamente con lo que acaba de decir Ap –acoté.
Nata nos miró haciéndose la ofendida y al instante se dio vuelta quedando de espaldas a nosotras. Sabía que lo que decíamos era la pura verdad.
-Vamos a buscar a Tom, Chace y el resto, porque me estoy aburriendo sin hacer nada -dijo, volviendo a mirarnos y automáticamente solté una carcajada, pero Abril me calló con la mirada. Tenía razón, si seguía riéndome de esa forma, después no iba a querer contarnos nada.
-Vamos, vamos.
Abril nos agarró a las dos de la mano y empezó a caminar. No teníamos ni idea de donde íbamos pero igual caminábamos.
-¡Ahí! –exclamó Nata señalando a un grupo de personas sentadas en unos sillones a nuestra derecha. Paramos de caminar y Abril tiró de mi mano para que siguiéramos avanzando, pero esta vez en dirección al lugar que Nat nos había señalado.
Llegamos a donde estaba el grupito de gente y, entre ellos reconocí a Chace.
-¡Chicas, las había perdido! –exclamó al vernos llegar-. Ellos son Charlie, Jason, Tom que ya lo conocen, Joe… -señaló Chace presentando a quienes lo acompañaban pero, al llegar al último nombre, no escuché nada más de lo que decía. Al oírlo, giré mi cabeza en dirección a donde apuntaba su mano. Si, definitivamente era Joe Jonas.
Todos nos saludaron con la mano, pero Nata se adelantó unos pasos para besar en la mejilla al primero de ellos que la miró extrañado, probablemente preguntándose de donde sacaba la confianza para hacer aquello. Miré de reojo a Abril que luchaba por contener la risa y no pude evitar lanzar una carcajada que no hizo más que dar por finalizados todos sus esfuerzos… y ablandar un poco la situación.
-¿Y eso? –preguntó extrañado el chico de cabello oscuro y ojos café, llamado Charlie. No parecía disgustado, sino más bien divertido.
-Ah, es que en Argentina saludamos con un beso en la mejilla, incluso a las personas que acabamos de conocer. Es por cordialidad y mas que nada por costumbre –le contestó Nata, recordando que los norteamericanos no son precisamente afectuosos y mucho menos con la gente que no conocen.
-Ah, así que ¿son de Argentina? –Escuché la áspera voz de Joe y giré mi cabeza hacia él, tomando conciencia de que lo tenía a sólo un metro de distancia, pero esta vez no nos separaba una valla, ni tenía a cientos de chicas empujando mi cuerpo contra ella-. En ese caso, hola –dijo con un sonrisa y se acercó para besar en la mejilla a Nata, luego a Ap y por último a mí. Si había algo que necesitaba para perfeccionar aún más la imagen de ese chico, eso era el suave roce de sus labios con mi mejilla y el embriagador aroma de su piel.
Quedé aturdida por unos segundos y luego le dije:
-Hola –al notar que Nata y Abril ya habían saludado-. Yo soy Candela…
-Y yo Renata –me interrumpió.
-… pero podés decirme Cande –continué.
-Y a mí podés decirme Nata –dijo mi amiga con una sonrisa. A veces pensaba que la primera impresión de cualquier persona que acababa de conocerla podría ser muy probablemente que Renata era un tanto… tonta. Pero claro, yo que la conocía bien sabía que Nata era mucho más que eso. En el buen sentido, claro.
-Y yo soy Abril y podés decirme… ¿Abril?
Nosotros cuatro y el resto de los chicos, reímos ante el comentario.
-Candela y Renata… lindos nombres –comentó sonriendo, hizo una pausa y luego miró a Ap disgustado-. Disculpá, no es que Abril no lo sea pero… es, ya sabés, más… común.
-Si, lo sé. Creo haber escuchado eso como un millón de veces –revoleó los ojos e hizo un gesto de desdén, quitándole importancia al asunto. Joe sonrió aliviado.
-Bueno, ¿de qué hablaban antes de nuestra interrupción? –preguntó Nata a Chace que, a pesar de que mi cuerpo y mi mente lo habían olvidado, seguía ahí parado y pareció totalmente complacido de que mi amiga lo notara.
Nos quedamos charlando con él y el resto de los chicos durante un buen rato. No pude evitar sentirme extraña ante el hecho de que Joe nos haya integrado en la conversación todo el tiempo, hubiera jurado que él era ese tipo de gente que se regocijaba por ser quien era y te hacía sentir la diferencia. Aunque tal vez era así unos años atrás, ahora me encontraba ante un chico de una humildad y sencillez que saltaban a la vista. Lo que era casi seguro que no había cambiado, era su tan patético sentido del humor.
No sabía exactamente cuanto tiempo habíamos estado conversando pero, en lo que a mi me parecieron no mas que unos cuantos minutos, miré mi reloj.
Eran las seis de la mañana. Observé mi alrededor y noté que sólo quedaban un par de pequeños grupos de gente conversando en la sala.
Definitivamente, ya era hora de irnos.
¿Alguien me puede decir cuando pasó el tiempo?
-Chicas, ¿vamos? –pregunté con urgencia.
Abril me tomó de la muñeca y levantó mi mano para ver mi reloj.
-¡Ay, sí! ¡No me había dado cuenta de lo tarde que es! Mejor vamos yendo.
-Bueno, pero primero acompañame al baño, Ap –y disimulé una mirada de soslayo hacia Nata.
Me di cuenta de que Abril estaba a punto de pedirle que nos acompañara malinterpretando mi expresión, por lo que le lancé una nueva mirada mas significativa: “No seas idiota. Vamos y dejemos que Chace y Nata se despidan”. Creo que la entendió a la perfección porque agarró la mano que le ofrecía, saludamos a todos y fuimos hacia el baño. En ocasiones como aquella era estupendo conocernos tan bien que podíamos comunicarnos con tan sólo una mirada.
Renata
Abril y Cande fueron al baño y me dejaron sola con los chicos. Chace se ofreció a acompañarme hasta la puerta para esperarlas, por lo que saludé al resto y empezamos a caminar hacia la salida. En el trayecto me tomó de la mano y yo temblé por dentro.
-¿Querés que las lleve hasta tu casa? –se ofreció el chico rubio que caminaba a mi lado.
-No, gracias, Chace. Ahora tomamos un taxi…
-¿Estás…?
-Segura. Si, de verdad. No hace falta –sonreí. Me parecía un abuso, aunque hubiese querido decir que si a gritos pelados.
Cuando llegamos a la salida, descubrí que, sorprendentemente, el jardín delantero, que antes estaba abarrotado de gente, se encontraba casi vacío. Ambos nos sentamos en un banco a esperar. Solté mi mano de la suya, tímidamente.
Silencio.
-¿La pasaste bien? –soltó Chace luego de unos segundos, rompiendo el hielo y tomándome de la mano nuevamente. Lo miré y me quedé colgada de su sonrisa, pero esta vez no me solté.
-Sí, muy bien –respondí sonriendo tontamente, recuperando el hilo de mis pensamientos-. Gracias por todo.
-No, gracias a vos… y a tus amigas, por acompañarnos. Yo también la pasé muy bien y me encantaría que se repita –hablaba naturalmente, sin darse cuenta de lo irresistible que eso me podía llegar a resultar-. ¿Te gustaría?
-¡Seguro! -dije entusiasmada, aunque sabía que eso raramente iba a suceder.
-Entonces, no te importaría pasarme tu número de celular, ¿no?
Bueno, en el caso de que tuviera mi número, podría resultar menos quimérico.
-Claro -le dicté mi número, y el de Cande y Abril, por si no me encontraba. Él luego me dictó el suyo y prometió que me llamaría en el transcurso de la semana.
Al cabo de unos minutos, en los que no hicimos mas que hablar de lo bien que la habíamos pasado y terminar de despedirnos, mis amigas salieron de la gran mansión y nos acercamos al cordón de la vereda para detener un taxi. Chace las saludó con un caluroso abrazo y luego se montaron rápidamente en el vehículo entre risitas nerviosas. Intentando ignorarlas, se dio la vuelta hacia mí.
-Un gusto –dijo con una sonrisa que me dejó tarada.
Al ver que mi respuesta no era mas que una mirada obnubilada, se acercó y me besó con suavidad muy cerca de los labios, provocándome unas intensas cosquillas en la boca del estómago.
-Eh, sí, u-un gusto –tartamudeé.
-¿Qué? ¿No es así como se saluda en Argentina? –preguntó divertido.
-Algo así –contesté y, con las mejillas encendidas, me di vuelta para subir al coche que nos llevaría de regreso a casa-. Nos vemos –agregué antes de cerrar la puerta.
-Nos vemos –contestó.
El auto arrancó y, cuando miré por la ventanilla, observé como Chace me saludaba con la mano. No hice más que mirarlo embobada y responder con un torpe e inadecuado movimiento de mi mano derecha.
Como no estaba dispuesta a darles explicaciones a mis amigas, ya que podían ponerse muy fastidiosas si se lo proponían, saqué mi celular de la cartera, me puse los auriculares en las orejas con el volumen de la música tan alto que me lastimaba los oídos y pasé el trayecto a casa en completo silencio, el que aproveché para pensar en todo lo que había pasado esa noche.
Conocimos celebridades, que al principio ni sabíamos que lo eran, así que probablemente las malas miradas de todas las chicas que estaban a nuestro alrededor en el Pub, se debían a eso.
Habíamos asistido a una de esas fiestas que sólo habíamos visto en la tele y había sido diez veces mejor que eso.
Allí nos encontramos a Joseph Jonas. Todavía estaba medio shockeada por eso, ya que siempre amé lo que él y sus hermanos hacían. La primera reacción que tuve cundo lo vi fue buena. Estaba emocionada, como lo había estado cuando la banda había ido a la Argentina en su momento, pero luego, cuando me lo presentaron, me vino a la mente la noticia que había leído meses atrás en el diario. Más precisamente, la parte en la que Kevin hablaba de una traición por parte de Joe.
Claramente, no tenía nada en su contra, no tenía motivos. Es más, me había parecido simpático, aunque no hubiéramos hablado demasiado. Pero fue… raro. No sabía bien que era lo que había sentido… una mezcla de sensaciones encontradas: sorpresa, euforia, empatía, simpatía… ¿angustia? La verdad era que no estaba segura de lo que me había pasado.
Por otra parte, estaba Chace. Tenía que admitir que en verdad me había gustado. Hablamos de todo un poco y me hizo sentir como si lo conociera hace bastante. Me cayó muy bien y nadie podría negar lo hermoso que era. Encima, prometió llamarme en la semana, y esperaba que así lo hiciera.
Estaba sumergida en mi nube de esponjosos, suaves y dulces pensamientos, incluso a punto de quedarme dormida en el coche, cuando Abril me hizo bajar a la Tierra sacudiéndome del brazo. Me saqué los auriculares de las orejas y la miré con irritación.
-¿Qué? –inquirí.
-Que te despiertes… -me dijo al tiempo que me pegaba unas palmaditas en el hombro-. Llegamos a casa.
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