domingo, 27 de febrero de 2011

Los Ángeles, Parte I.



Cande.

Después de quince horas de viaje -en las cuales no hicimos prácticamente nada mas que dormir, a causa del insomnio de la noche anterior- finalmente llegamos a L.A. 
Estábamos súper emocionadas. Bajamos del avión y el sólo hecho de escuchar todo en inglés fue genial. Amaba ese idioma. Lo estudiaba desde muy chica por elección propia.
-¿En donde nos teníamos que encontrar con tu tía? – Pregunto Nata una vez estuvimos fuera del aeropuerto.
-Acá, a unas cuadras –contestó Abril.
Habíamos quedado en encontrarnos con su tía una vez hubiéramos llegado, así que cuando finalmente tomamos posesión de nuestras valijas, salimos y caminamos unas cuadras a la derecha hasta llegar al lugar acordado.
Parada al lado de un ostentoso auto color gris oscuro, una mujer con una hermosa cabellera anaranjada, justo como la de Abril, halaba por su teléfono móvil. Vestía una camisa blanca, con un elegante traje negro y unos zapatos acordonados de cuero haciendo juego. Llevaba en su brazo un maxi-bolso, y completaba su vestuario con unas gafas a tono. Aunque nunca antes la había visto, pude reconocerla apenas la tuve en frente:
-¡Tía!
La aludida enfocó sus ojos en nosotras, colgó su celular y con la mano derecha bajó sus lentes hasta la punta de su nariz.
-¡Ay, nena! Te dije que no me llames tía, decime Connie, que me haces sentir vieja.
Sonrió y se acercó para abrazar a Abril.
-Querida, tanto tiempo sin verte –dijo antes de besar ambas mejillas de mi amiga, y luego se dirigió a nosotras –y ustedes deben ser Candela y Renata – agregó señalándonos respectivamente.
-Así es –confirmó Abril
-Encantada de conocerlas. He escuchado mucho sobre ustedes.
Sonreímos y nos acercamos a saludarla. 
Inmediatamente después, un hombre rollizo, vestido de traje y con una boina sobre su calva cabeza, salio de la cabina del conductor y, luego de un cordial saludo, tomó nuestras valijas y las acomodó en el baúl del coche. Al terminar se acercó a nosotras y abrió la puerta trasera del espacioso automóvil, invitándonos a entrar.
-Adelante chicas, suban –nos animó Connie con una sonrisa.
Casi en un completo silencio nos introdujimos en el vehículo y emprendimos viaje a lo que a partir de ese momento sería nuestro nuevo hogar. Al menos por algunos meses.
No estábamos demasiado cerca del aeropuerto, por lo que tuvimos aproximadamente cuarenta minutos de viaje.
Cuando llegamos, el chofer nos abrió la puerta para que saliéramos y se nos adelantó para bajar nuestras valijas. Entonces, la tía de Ap nos entregó las llaves del edificio, volvió a subir al auto, y bajó la ventanilla.
-Muchas gracias, Connie –dijimos las tres, casi al unísono.
-¡Ay, queridas, no fue nada! Disfrútenlo –el motor se encendió con un estruendo, y cuando estaba a punto de arrancar agregó -¡Ah! Casi me olvidaba: arriba las espera una sorpresa.
Dicho esto, levantó el vidrio polarizado de la ventanilla nuevamente y el automóvil desapareció de nuestra vista.
Giré para quedar de cara al edificio y, al ver la entrada me enamoré: era verdaderamente hermoso, todo el exterior estaba decorado con un estilo moderno exquisito, al igual que el vestíbulo, en el cual el empleado de seguridad y portería nos dio la bienvenida. La verdad es que si esa “no era una de las mejores propiedades que tiene la tía de Abril”, no me imaginaba como serían las demás.
-Mi nombre es George y estoy para servirles cuando lo necesiten -concluyó el alto y flaco individuo de la recepción luego de darnos todas las indicaciones necesarias para una estadía agradable en el edificio. Tanto acogimiento me sentó demasiado extraño.
-Mi tía debió contarle que veníamos, ya que ella vivió acá hace un tiempo -nos explicó Ap al apreciar nuestro desconcierto, una vez montadas en el elevador.
Nuestro departamento se encontraba en el segundo piso. Bajamos del ascensor y nos paramos las tres delante de la oscura puerta de roble. Ninguna hacía nada. 
Después de dos minutos de mirar ese pedazo de madera, Ab se echó a reír. Al instante Nata y yo nos contagiamos. 
-¿Entramos, chicas? -pregunté con una mirada misteriosa.
-Dale.
Nata abrió la puerta, estiró la mano para encender la luz y las tres nos introdujimos en el que iba a ser nuestro “hogar, dulce hogar” durante los próximos tres meses.
Era precioso. Se entraba directamente a la sala de estar. Las paredes eran de color siena y sobre ella colgaban diversos cuadros de pintores que mi nivel de cultura general no llegaba a reconocer. La lámpara del techo era parecida a una araña antigua pero a la vez era de una exagerada modernidad. 
Casi sobre la pared izquierda descansaban un gran sofá blanco y dos pequeños sillones a los costados haciendo juego, frente a una mesita ratona de madera adornada por un florero de porcelana repleto de hermosas flores de peonías. Justo delante se encontraban el moderno televisor y el reproductor de DVD sobre un aparador de roble en el que también residía un aparatoso equipo de música. A su lado había una enorme estantería en la que ya planeaba dejar todos mis libros y en un rincón a mi izquierda, había un soberbio perchero también de madera. 
Justo en la pared contraria a la que yo tenía detrás, había un gran ventanal con largas cortinas blancas y puertas corredizas de vidrio que comunicaba con el extenso balcón adornado con macetas y sillones de hojarasca, que daba a la calle. Por último, y del lado derecho, asomaba un escalón que daba inicio a una escalera.
Nos quedamos un minuto paradas mirando todo, hasta que Nata salió corriendo y se tiró arriba del sillón central.
-¡AY! ¡Amo Este sillón! ¡Amo esto! ¡Amo L.A! ¡Amo todo! -empezó a gritar mientras saltaba sobre los almohadones.
Ab y yo nos miramos con complicidad: sí, definitivamente está loca, le dije con la mirada.
-¿Y a nosotras no? -preguntó Ab.
Nata le echó una mirada desdeñosa y no respondió. Nunca, durante todos los años de amistad, nos había dedicado una palabra de afecto. No porque no la sintiera, sino porque no era su estilo. Sabíamos que le costaba mucho expresar sus sentimientos.
Abril rió y se acercó a la mesita de madera. Tomó una flor del jarrón y luego la olió con gesto teatral.
-Peonías. Se nota que mi tía estuvo acá –volvió a la entrada a agarrar las maletas que había dejado olvidadas y cerró la puerta. Acto seguido, soltó un grito ahogado-. Chicas, o sea, estamos en Los Ángeles ¿se dan cuenta de eso?
-¡Si, es tan emocionante!
-¡I know!
-Stop. Vayamos a ver el resto del departamento -dije quitándole un cojín de la mano a Nata que seguía saltando desaforadamente-. Y cuando se marchiten me hago un llavero- agregué quitándole la flor a Abril.
Dejamos el equipaje en la sala y nos dirigimos a una puerta, situada al otro lado de la misma. Encendimos la luz y nos vimos en la cocina-comedor.
Era bastante amplia y todo estaba decorado con la misma madera de roble que el resto de la casa: la mesa, las sillas, las alacenas e incluso la heladera estaba alojada dentro de un mueble de la misma madera. La mesada podía brindarnos el lugar suficiente que necesitaríamos a la hora de sacar a la luz nuestras dotes culinarias que, a decir verdad, no eran nada descomunales. Junto a él se encontraban el horno y el lavavajillas -bendito sea- y al fondo había una abertura que brindaba conexión con una pequeña habitación que tenía función de lavadero ya que dentro se encontraba el lavarropas automático. Con sólo mirar a mi alrededor ya podía imaginarme tomando un rico desayuno en aquel lugar. Apropósito, pensando en eso, sentí que nos quedaba algo por hacer…
Sin darle demasiada importancia a ese área de la casa, nos dirigimos de vuelta a la sala de estar y riendo de emoción nos escabullimos por las escaleras que daban a un entrepiso ocupado por un largo pasillo, en el cual había cuatro puertas: dos a la derecha y dos a la izquierda. 
La primera puerta de la izquierda, tenía un cartelito en diferentes tonos de marrón claro y color crema y una especie de estampado de pequeñas florcitas; decía “Candela” con una caligrafía elegante en color rosa. El pequeño letrero de la segunda habitación de la izquierda, tenía un fondo lavanda claro y las letras, de un tono más oscuro, formaban la palabra “Abril” con un estilo un tanto infantil. Por último, la primera puerta de la derecha, tenía un cartel de lo más simple y a la vez soberbio, de fondo rojo y letras negras de un estilo muy moderno; formaban la palabra “Renata”.
Casi sin pensarlo, nos echamos a correr en todas direcciones, abriendo cada puerta de un golpe para descubrir lo que había al otro lado. Digamos que los letreros que habían en cada una de ellas eran un adelanto de lo que había dentro.
Mi habitación era un fiel reflejo de mi personalidad. Las paredes eran color tiza y los muebles eran antiguos, todos del mismo roble que los del resto de la casa. La cama, con un majestuoso respaldar, estaba cubierta por un acolchado del mismo color de las paredes, con el mismo diseño de flores que tenia el cartel de la puerta, en tonos de rosa y caramelo. El estampado estaba, también, en la tela que forraba el respaldo y el asiento de una silla, ubicada a un lado del escritorio que estaba frente a mi cama. En la pared contraria a la entrada, había una gran ventana con cortinas venecianas de madera, en el mismo color caramelo que llevaba el cubre cama y, a su lado, un tocador con un hermoso espejo llamaba mi atención. Frente a él se encontraba un placard empotrado revestido en madera de un color semejante a la del resto de los muebles. A la izquierda de la cama una mesa de luz con un velador de pantalla en color caramelo le proporcionaba una tenue luz al ambiente, y ubicado en la pared sobre ella, un cuadro le daba un simple detalle a la habitación. Era hermosa; un lugar perfecto en el cual relajarme y, a su vez, disfrutar.
-Connie parece conocer mis gustos mejor que yo misma –dije en voz alta, sin poder contener el tono de sorpresa en mi voz.
Cuando me cercioré de que la habitación no era un sueño, sino que en verdad me iba a pertenecer por estos meses, salí al pasillo y atravesé la puerta de en frente, que era la entrada a la habitación de Nata. Al entrar, la pared sobre la cual descansaba el respaldo de la cama acaparó mi atención: estaba pintada de un vibrante rojo. El resto de la habitación era de un color gris muy suave. Los muebles eran de una línea muy simple, ya que el color hacía al cuarto lo suficientemente interesante. El placard era semejante al de mi habitación, sólo que en otro color. Sobre la pared que enfrenaba a la puerta de entrada, se hallaba un mueble formado por seis cubos de madera roja apilados en los que, supuse, mas adelante mi amiga ubicaría gran parte de sus pertenencias. A su lado se situaba una gran ventana que daba al ala interna del edificio y suministraba mucha luz natural a este cuarto. La sonrisa de Nata, quien ya se había acostado en la cama para testearla, no podía ser mas grande, claramente se veía que su nueva habitación le encantaba y que la elección de Connie, tal como lo había sido respecto a mi habitación, no podría haber sido mejor.
-¿Vamos a ver que tal el cuarto de Abril? –pregunte, ansiosa por ver esa otra parte de la casa.
-¡Si, ya!
Se levantó, y pasó corriendo por mi lado como un rayo.
Que loca está esta chica, pensé para mis adentros
Nos introdujimos en la pieza cuya entrada se encontraba a la derecha de la mía, y las dos quedamos impresionadas.
-Wow –dijimos Nat y yo al mismo tiempo.
-¿Si, no? – comentó Abril simulando indiferencia.
-No quieras parecer centrada, ya se que morís por gritar lo feliz que estas a los cuatro vientos –repliqué
-¡AAY chicas si! O sea, AMO este lugar. Es perfecto, increíble, ¡un sueño! Creí que iba a extrañar un poco la comodidad de mi casa, ¡pero veo que mi tía se encargó de que no fuese así! –respondió liberando finalmente la alegría que sentía, y saltando sobre la cama, cubierta por un edredón azul fuerte.
Su habitación y la mía eran simétricas. Las paredes de esta eran en un tono muy suave del mismo color del cobertor, y los muebles blancos. Las cortinas eran del mismo azul que el acolchado y en el centro de la habitación, una alfombra redonda y muy peluda le daba un toque diferente al ambiente.
A demás del mobiliario, lo que nos representaba a la perfección a cada una eran los colores. Lo que había estudiado durante mis años de secundaria, me servía para definir a una persona con un color.
Al entrar al cuarto de Nata, lo primero que captó mi interés fue el color rojo, y eso era ella: fuerza, alegría de vivir, dinamismo, dignidad, poder, realeza, pasión, amor, lujuria, brutalidad y exaltación; como a veces también era violencia, guerra y fuego.
En el cuarto de Abril todo era azul, el color que mejor la describía: profundidad, femineidad, relajación, interioridad, espiritualidad, calma, frescura, símbolo de lo mejor, éxito, sinceridad e inteligencia; tanto como tristeza y melancolía.
Y en mi cuarto el color predominante era el rosa, el mismo color con el que siempre me definí a mi misma: romanticismo, suavidad, fragilidad, feminidad, amabilidad, intimidad, ingenuidad, sensualidad.
   Siempre me resultó divertido darle un color a las personas e incluso a las situaciones. Ya era una manía, una parte de mí.
-La verdad que tu tía se pasó, Ap -dijo Nata todavía sin dar crédito a lo que sus ojos veían.
-Sí, la verdad es que ni yo lo puedo creer. Como mínimo tuvo que haber llamado a un decorador de interiores profesional -contestó la aludida con la misma expresión en el rostro-. Ni siquiera le dijimos de qué color queríamos las cosas y sin embargo todo está perfecto… Ahora entiendo por qué me pidió que le hablara sobre ustedes, en base a eso, debe haber deducido hasta el más mínimo detalle de la decoración.
Yo simplemente asentí con una enorme sonrisa en la cara.
-Ap…-dije.
-¿Qué? - preguntó ella expectante.
-Tu tía es lo más.
Luego de eso, estuvimos recorriendo la casa y gritando de la emoción como nenas chiquitas alrededor de media hora cuando reaccioné y me di cuenta del por que de aquella sensación de vacío que me invadió mientras contemplaba la cocina.
-¿Qué hora es? –pregunté alarmada, quedándome congelada en el lugar en el que estaba, como jugando al juego de las estatuas.
-A ver… tengo que poner esto en hora –me respondió Ab mirando su reloj y girando una pequeña perilla en un costado del mismo-. Acá serían las… ¡diez de la noche!
-Ah, bueno, por algo tenía hambre. ¿Qué podemos comer?
Nos miramos significativamente. Creo que no habíamos pensado en que teníamos que comer en algún momento. Digamos que la cocina no era nuestro fuerte, pero además no teníamos nada en la casa. A la mañana siguiente tendríamos que ir a comprar de todo para equiparla.
-Si no me equivoco –expuso Nata pensativa-, a unas cuadras había una pizzería. ¿Vamos a ver?
-Vamos. Y si no es una pizzería nos fijamos que conseguimos por ahí. ¿Quieren? –propuse.
-Si, totalmente –concluyó Abril.
Agarramos nuestros abrigos y salimos.
Gracias a Dios, lo que había unas cuantas cuadras atrás sí era una pizzería, así que pudimos comprar rápido y volver para cenar en casa. Moríamos de hambre. Obviamente, durante el vuelo nos ofrecieron comida, pero los nervios, la ansiedad, la euforia y los otros miles de sentimientos encontrados, nos habían formado un nudo en el estómago y no probamos bocado. Solamente tomé un café, de lo cual me arrepentí al ratito, ya que se me comenzó a revolver el estómago. Ahora que lo pensaba, lo último que habíamos comido en le día había sido el chocolate del aeropuerto. ¡Dios, que hambre tenía!
Llegamos al departamento y prácticamente nos tiramos arriba de la pizza a la napolitana. Mientras la comíamos cada una comenzó a ordenar las cosas de las valijas en su placard, al tiempo que charlábamos y escuchábamos música.
-¿Podés bajar eso? ¿O querés que nos echen del edificio el primer día? -increpé a Nata señalando en dirección al living, donde el equipo de música emanaba una fuerte melodía. Ella me miró mal, pero luego se escabulló por la puerta, bajó el volumen de la música y volvió a sentarse en la cama, a mi lado.
Estábamos las tres en su cuarto, ayudándola a terminar de guardar las últimas cosas que quedaban en sus valijas.
-¿Para qué trajiste esto? -preguntó Abril alzando un Yo-Yo de plástico ante nosotras.
-Nunca se sabe -respondió Nata arrebatándoselo de las manos-. Además hay que admitir que es súper divertido -agregó con una pícara sonrisa en los labios.
-A mí nunca me salió hacer eso -dije mirando como lo hacía caer y volver a subir una y otra vez sin que saliera de su control. No entendía como lo hacía.
-Es fácil –contestó divertida, como una nena chiquita.
-¿Y esta caja, que tiene? -preguntó Abril.
-Ah, son fotos –Nata se la sacó, también, y la abrió. Luego desparramó todo su contenido sobre la cama y seleccionó varias fotografías que luego fue a pegar con cinta en la puerta de su placard-. Así está mejor -sonrió satisfecha.
-Bueno, creo que eso era lo último -dijo Ap con expresión cansada.
-No, no. Todavía queda esto -dijo Nata mostrándole un bolso mullido, aparentemente lleno de ropa. Abril se atragantó con la porción de pizza que estaba masticando.
-¡¿De donde sacaste esa ropa?!
-Le robé a mamá -dijo maliciosamente.
Las tres nos echamos a reír. La madre de Nata era muy joven, se vestía siempre a la moda y tenía un gusto increíblemente bueno.
-¡Te va a matar cuando se entere! -dije en una carcajada.
-Difícil, Cande… ¿ya te olvidaste que estamos en USA?
La respuesta de Nata sólo intensificó las risas de todas.
-Bueno, dale. Empezá a guardar que yo voy a buscar unos vasos para tomar la gaseosa -Abril se levantó y se acercó a la puerta-. Si trago algo mas sin antes tomar nada, muero -y se desvaneció.
Luego de guardar toda la ropa que quedaba, decidimos despedirnos hasta el día siguiente.
Me dirigí a mi pieza, guardé dentro del armario la última remera que quedaba fuera de lugar y me zambullí en la cama. Supongo que además de linda era cómoda, porque me dormí rapidísimo.

sábado, 26 de febrero de 2011

El Viaje, Parte III





Cande.

-¡AMIGA!- gritó Abril a Nata, quien se dio vuelta y nos miró. Tenía una sonrisa tan grande como la nuestra.
-¡Chicas!- gritó al vernos y vino corriendo hasta nosotras y nos abrazó.
Ap y yo, habíamos ido juntas al aeropuerto, en la camioneta de su papá, ya que se había ofrecido a traerme porque mi casa le quedaba de paso. Obviamente estaban nuestros familiares con nosotras.
Estábamos tomando algo en el patio de comidas del aeropuerto, cuando la vimos a Nata que subía por una de las escaleras mecánicas con Grace y Feli. Nos levantamos y la fuimos a buscar.
-Chicas, ¿no están re emocionadas? –dijo Ap sonriente.
-¡Si! OMG, no puedo estar más feliz –contestó Nata.
-Ay, si, ¡en un rato viajamos! Vayamos a hacer el Check In, porque si no se nos va a hacer tarde- me alarmé.
-Si, totalmente. Vamos –coincidió Abril.
Fuimos para donde estaban mi familia y la de Abril.
Después de que todos se saludaron, fuimos a hacer los papeleos, lo que nos llevo un rato. Como las tres moríamos de ansiedad, nos agarraron ganas de comer chocolate blanco, que sin dudas nos iba a ayudar a calmarla, o por lo menos esa era la excusa para deleitarnos con su sabor. Avisamos que íbamos a comprar y fuimos corriendo al quiosco. Cuando volvíamos sonó el celular de Ab.
-¿Hola?- dijo al atender la llamada -¿Cómo estás, mi amor?... ¿Acá?... ¿Ya? ¡No, me muero!… Sí, exactamente ahí… OK. Te amo.
Cortó. Nat y yo nos miramos con complicidad. Nosotras habíamos estado hablando hacía un par de días de que no sabíamos como iba a hacer Ab con su noviazgo. Sabíamos que a Fede lo amaba y él a ella también, pero ¿como se hace para mantener una relación a distancia? Y más que nada por tres meses…
Como no teníamos intención de que Ap se pusiera mal, decidimos no preguntarle nada por el momento, por lo menos antes de viajar. No queríamos que se angustiara, aunque sabíamos que cuado llegáramos íbamos a hablar del tema. Era algo importante, y para eso están las amigas, ¿no? Suponíamos que ella no lo iba a dejar, pero era difícil estar en esa situación. Mas adelante veríamos que tenía en mente.
Estaba en mi nube, totalmente colgada, cuando…
-¡NO!
Pegué un salto y las chicas empezaron a reír.
-¡¿Que pasó?!- pregunté con los ojos abiertos de par en par.
-Nada, que miré el reloj y me di cuenta de que en media hora abordamos el avión. Pero tampoco es para tanto –me contestó Nat.
¿Qué? ¿Cómo que falta media hora? ¿Cuándo pasó el tiempo? Ya nos teníamos que despedir de todos así que me di vuelta y fui para donde estaban los adultos.
Mi mama se acercó a mi y me estrechó entre sus brazos. Siempre había tenido muy buena relación tanto con ella como con mi papá. Cada vez que los necesité estuvieron a mi lado y me brindaron su apoyo. Gracias a ellos durante mi infancia y mi adolescencia había sido muy feliz.
-¡Te voy a extrañar, hija! –dijo con lágrimas en los ojos.
-¡Yo también, má!
La solté y la miré. Ya estaba llorando. ¡Qué raro! Pensé con sarcasmo.



Abril

Estaba mirando como Can saludaba a la familia y pensando seguir sus pasos, cuando alguien me agarró por la cintura. Me di vuelta y sonreí al ver a Fede.
-Mi amor –dijo devolviéndome la sonrisa.
Le di un beso pero se soltó rápido. Lo miré extrañada. No sonreía, estaba completamente serio. ¿Qué le pasaba? Se suponía que ese era uno de los momentos más felices de mi vida. Tendría que haber estado contento.
Mi mirada pasó a ser una contundente interrogación.
-No quiero dejar de verte por tres meses. Te voy a extrañar mucho –soltó de pronto, con un tono suplicante y su vista clavada en la mía.
-Yo también, pero no me mires así. Me encantaría que estés feliz por mí.
-Estoy feliz pero…
-Bueno contáselo a tu cara porque parece que no se enteró…-lo interrumpí y cuando quiso replicar no lo dejé- y no me contestes. Basta. No quiero discutir con vos ahora. En veinte minutos me voy para hacer el viaje de mi vida, y no quiero estar de mal humor.
-Tenés razón. Perdoname.
Me abrazó. No quería discutir, no en ese momento. Aparté mi cara de su hombro y lo besé con ternura.
-Hija… -La voz de mi papá hizo que me soltara de los brazos de Federico y me diera vuelta.
Mis padres se habían acercado a nosotros y me miraban sonrientes. Mona, mi mamá, tomó mis manos y mirándome a los ojos dijo –Sé feliz hija. Disfrutá este viaje que durante tanto tiempo soñaste. Y cuidate. Mucho.
-No te preocupes má, voy a volver igual de sana que como me voy, lo prometo. Además, son sólo tres meses, las chicas y yo ya tenemos suficiente edad como para arreglarnos solas por un tiempo –aseguré con una sonrisa en mi rostro.
-Eso espero –respondió mi papá no muy seguro de que mis palabras fuesen verdad –igual, saben que cualquier cosa que necesiten nos pueden llamar, y sino, tenes a tu tía que te puede ayudar.
-Lo se, papá. En serio, no se alarmen.
-¡Es que nunca viajaste sola por un período tan largo! –intervino mi mamá
-¡Ay, por favor! No dramatices, va a estar todo bien. Somos grandes, responsables y centradas –repuse intentando que las clases de actuación que había tomado años atrás surtieran efecto.
-Ya lo sabemos hija, pero aun así sos nuestra beba, y mami te va a extrañar…
-No, te lo ruego –la interrumpí –, no empieces con eso ahora. Miren, acerquémonos a los demás así puedo saludar a los papás de las chicas antes de que se nos haga tarde.
Un par de minutos después me encontré despidiéndome de todos y abordando el avión. Por como lloraban nuestras madres, parecía que nos íbamos a vivir a los Estados Unidos, más que a hacer unas vacaciones de unos pocos meses.
Nosotras moríamos de risa, estábamos súper contentas. Casi ni me importaba el no ver a Fede por tanto tiempo. Al menos por el momento.
-¡Chicas! -dijo Nata con emoción. Nos dimos vuelta para mirarla-. ¡A romperla, eh!
-Obvio -contestamos al unísono y nos echamos a reír con nerviosismo.
Seguimos caminando hasta encontrar nuestros asientos en el avión. Eso si que iba a estar bueno.




(PS: No pude sacar la raya esa del medio, jojo)

El Viaje, Parte II





Entonces entendí todo. Las tres nos miramos y comenzamos a reír como locas.
-¡Estúpida! ¿Qué hacia el pasaporte ahí?- le dije a Nata. La risa hacía que mis palabras se entendieran poco y nada.
-En realidad… lo quería llevar conmigo para… ¡para no perderlo!- exclamó entre risas.
Nuestras carcajadas resonaron en el baño y ahí estuvimos riéndonos como tontas durante un rato largo.
Cuando nos calmamos, ayudamos a Nata a ordenar su habitación -¿mencioné ya que era un completo desastre?- y nos fuimos cada una a nuestra respectiva casa. ¡Que día agotador!
Cuando llegué a mi casa, me aseguré de que todos mis papeles importantes estuvieran en su lugar para no tener que pasar ninguna situación parecida. Cené y me fui a acostar. Una vez en mi cama, caí en la cuenta de que estaba a MUY POCAS horas de viajar y empecé a repasar en mi cabeza todas las cosas que haría al día siguiente.
Viajábamos a las diez y media de la mañana, así que me tenía que levantar súper temprano porque Ab me pasaba a buscar aproximadamente a las ocho, para estar en el aeropuerto por lo menos dos horas antes, para tener tiempo de hacer el Check In y despedirme de mi familia.
Después, un largo y agotador viaje, y cuando llegáramos… ¡ay, que bueno iba a ser eso! Nos íbamos a quedar en la casa de la tía de Abril que vivía allá desde que tenía nuestra edad. En realidad, en una de las tantas casas que tiene en alquiler en Los Ángeles. La única diferencia es que nosotras nos quedábamos gratis, como es obvio, y la teníamos para nosotras solas. Igual, sabía que no era de las mejores propiedades que tenía y que además estaba en desuso desde hacía un largo tiempo, pero así fuera un mono-ambiente, para mi estaba bien. Si hubiéramos tenido que pagar el hotel, deberíamos haber llevado el doble de plata.
Miré el reloj: ¡¿La una de la mañana?! MG, no me iba a despertar con nada al otro día. Me acomodé, cerré los ojos y después de dar vueltas por un largo rato, finalmente me dormí.



Renata.

-¡…y si no te levantás ahora no vas a llegar, eh! Yo te aviso nada mas… ¿Me estás escuchando?
Abrí los ojos y la vi a mi mamá que agitaba una mano delante de mi cara como queriendo espantar alguna especie de insecto invisible. Cuando me vio despierta, se levanto de los pies de mi cama y se fue para la habitación de mi hermano.
Aproveché y volví a cerrar los ojos. Sus palabras me sonaron distantes y confusas: levantarme… Llegar tarde… ¿a donde? No, nada de levantarme, mamá. ¿No ves que anoche me quedé despierta hasta cualquier hora porque no me podía dormir porque…? ¡PORQUE HOY VIAJO!
Volví a abrir los ojos de golpe. La luz de mi cuarto estaba encendida así que me costaba mucho ver bien a mi alrededor. Como pude, miré el reloj desesperada: ¿las siete y cuarto? ¡Dios, iba a perder el vuelo!
Me levanté de la cama con los ojos entrecerrados y tanteando a mi alrededor para no golpearme con nada pero, a pesar de eso, el televisor que estaba frente a mi cama frenó mi trayectoria.
-AAAAAAAAAAAYYYYY!! –grité con todas mis fuerzas.
-¿Que pasó? –preguntó mi madre que llegaba corriendo a donde me encontraba.
-¡Que me golpeé el pie! ¿Quién puso esa televisión ahí? –contesté frunciendo el seño. Era típico de mí echarles la culpa a los demás de mis propios errores, incluso a los objetos inanimados.
-Esta ahí hace años, hija –me dijo señalando la obviedad del asunto.
Le lancé una miraba que expresaba que no nos estábamos entendiendo y luego me dirigí al baño con los ojos ya abiertos y saltando en un pie, ya que el otro lo estaba sosteniendo con mis manos porque me dolía demasiado. Me sangraba el dedo chiquito. Me lo enjuagué y desinfecté y abrí la ducha, recordando que llegaba tarde.
Mientras el baño se llenaba de vapor, me lavé la cara y los dientes y después de desvestirme, me metí bajo el chorro de agua tibia. Apenas terminé, me puse una curita en mi pobre y machucado dedo meñique del pie.
Pocos minutos después salí del baño y corrí a mi habitación a vestirme: una remerita suelta, un Jean y zapatillas eran perfectos para la ocasión. Necesitaba un vestuario cómodo, ya que iba a viajar quince horas. Cuando terminé, volví corriendo al baño: me sequé el cabello rápidamente, me hice bucles, me apliqué un poco de base de maquillaje, delineé el contorno de mis ojos y listo.
Me dirigí al hall de entrada donde mi mamá y Feli ya me esperaban ahí parados.
-¿Ya están listos?- les pregunté con emoción.
-Sí, y esperándote a vos –me contestó mi hermano de mala gana.
-Bueno, yo ya estoy lista… ¿vamos?
-Ah, ¿si? ¿Segura que no te olvidas de nada?
Miré a mi alrededor, escrutando todo con detenimiento y luego me miré a mi misma. Mis manos estaban vacías y era obvia la respuesta a la pregunta.
-¿Las valijas? –dije sacando la lengua con inocencia, dándome cuenta de que me estaba olvidando de lo más importante.
Volví a mi habitación riéndome sola y aproveché para darle un último vistazo a modo de despedida. Después de todo no iba a volver ahí en tres meses y ese era mi santuario. Me acerqué a mi mesita de luz y tomé de allí un portarretratos. Extraje la foto de su interior y me la guardé en el bolsillo.
Agarré las valijas y una campera de algodón que había dejado en el bolsillo de una de ellas, para cuando llegáramos allá, porque a pesar de que era 3 de diciembre y ya se empezaba a sentir el calor del verano, apenas bajáramos del avión nos iba a azotar el frío invierno de Los Ángeles, que en realidad nunca era tan frío.
Pensando en eso, apagué la luz y volví a la entrada. Mi familia me esperaba con la puerta ya abierta. Un rayo de sol me pegó en la cara con la fuerza de una cachetada, así que me puse las gafas y salí a la calle.
-Subamos a un taxi porque sino no llegás a tiempo –dijo mi mamá al tiempo que levantaba su brazo derecho, para hacer detener un vehículo negro y amarillo que circulaba por la calle en dirección a nosotros.

Llegamos al aeropuerto de Ezeiza a las nueve menos veinticinco. Subí las escaleras mecánicas con todo el apuro del mundo y cuando llegué arriba escuché un grito a mi derecha.

El Viaje, Parte I


Diciembre








Abril

Oh, Yeah! Al fin después de esos dos ajetreados meses y medio -más que nada las últimas semanas- al día siguiente nos íbamos. Finalmente habría llegado el gran día.
El día anterior habíamos ido de compras y conseguimos de todo: mucha, MUCHA ropa y MILES de accesorios. Recorrimos prácticamente todos los centros comerciales de Buenos Aires en mi auto, escuchando música a todo lo que daba y riéndonos de cualquier cosa que decíamos. La pasamos súper bien.
Esa tarde estaba terminando de acomodar las últimas cosas en las valijas y repasando una y otra vez la lista de objetos que tenía que meter en ellas, para no olvidarme de nada, cuando recibí un llamado inesperado. Era Renata que lloraba desconsoladamente y me pedía que fuera rápido a su casa, y sin darme ninguna explicación me cortó.
Dejé todo como estaba y salí corriendo de mi casa. Con el auto llegué en cinco minutos y después de tocar el timbre me abrió Graciela, su mamá, con una cara de preocupación que realmente aumentó mi miedo.
-¡¿Qué pasó?! -le pregunté exaltada.
-Que no se si van a poder viajar –me contestó con cara de preocupación.
-¿Como que no? ¿Por qué?
-Entrá y que Nata te cuente. Está en su habitación.
Sin entender nada y con un tremendo nudo en el estomago subí las escaleras de a dos escalones y me dirigí al cuarto de Nat. Cuando estaba por golpear me di cuenta de que la puerta en realidad estaba entreabierta y pude ver al interior de la habitación. Era un desastre: había ropa tirada por todos lados, papeles, carpetas, cajones fuera del armario, libros, carteras. Estaba todo dado vuelta.
Entré y la vi sentada contra la pared, hecha un bollito, llorando a más no poder. Cuando me vio, corrió a abrazarme.
-¡Perdoname, perdónenme las dos! –dijo con tono de suplica.
Entonces volví a observar con mas detenimiento a mi alrededor y vi que desde la otra punta de la habitación, Cande me miraba pálida -mas de lo que ya era- y con todo el maquillaje corrido por haber estado llorando. Verla así era lo que me faltaba para entrar verdaderamente en pánico y sentir como el nudo en mi estomago se apretaba mas que antes. Tenía que ser algo demasiado grave como para que las dos estuvieran así y que encima se pusiera en riesgo nuestro viaje.
-Chicas… no me asusten, no entiendo nada… ¿me pueden decir qué pasó? -pregunté pausadamente, como evitando terminar la pregunta para no tener que escuchar su respuesta.
-Que... que Renata… perdió el pasaporte- contestó Cande.

                    
Cande.

Dije eso y el llanto de Nata se volvió más fuerte. La sensación de culpa que debía estar sintiendo en ese momento, seguramente no tenía comparación. Abril, en cambio, se quedó quieta y con la boca abierta como si hubiese perdido la capacidad de hablar y de moverse de un segundo al otro.
Era un real desastre. No había parado de llorar desde que llegué y Nata tampoco. Dijo que esa mañana había ido a hacer unos trámites para comprobar, por décima vez, que tenía todos los papeles al día, incluido el pasaporte, para poder hacer el viaje sin problemas. Cuando llegó a la casa, se bañó, almorzó y en el momento en que quiso guardar el pasaporte en la valija, para no olvidárselo a último momento, se dio cuenta de que no estaba por ningún lado. Después de revisar toda la casa y ver que no estaba, me llamó.
Es increíble como en unas pocas horas se puede destruir un sueño de años, como se perdieron todas nuestras ilusiones en un abrir y cerrar de ojos. Debo admitir que al principio mi enojo era insuperable, pero con el correr de las horas me di cuenta de que no la puedo culpar por esto, ya se debía sentir demasiado mal ella sola como para sumarle todo lo que sentía yo.
-Pero, ¿están seguras de que no les faltó buscar en ningún lado?- nos preguntó Abril, completamente desorientada.
Nata acababa de terminar de contarle todo lo mismo que a mí, como pudo, ahogada por el llanto.
-Revisamos cada ínfimo rincón de la casa- contesté, mientras miraba un punto fijo del suelo.
Ab parecía no caer en lo que estaba pasando y se había quedado otra vez mirando la nada y dura en el lugar. Después de unos minutos reaccionó.
-No te hagas drama, Nata… si no aparece, viajamos en unos meses, cuando lo tengas listo de nuevo. La verdad es que yo también quería que viajemos ahora, pero no nos vamos a morir por esperar un poco más. Ahora vengan a lavarse la cara- nos extendió la mano y nos llevó al baño.
Ay, no se que hubiese sido de nosotras sin ella que estaba siempre ahí para hacernos entrar en razón y mostrarnos el lado positivo de las cosas, cuando creíamos que todo esta perdido. Y la verdad es que tenía razón. O sea, moría de ganas de subirme al avión y viajar cuanto antes, pero no era exactamente el fin del mundo, lo podíamos hacer después. Aunque estábamos TAN cerca…
Mientras Nata y yo nos lavábamos la cara, Ap fue a buscar una toalla al pequeño armario que hay tras la puerta del baño pero, cuando volvió, en lugar de eso, traía en las manos un pantalón de Jean. Y estaba… ¿sonriendo?
-A ver, Ná… ¿me podes explicar qué es esto?- preguntó ampliando su sonrisa aún mas.
-¿El Jean que me saqué hoy antes de irme a bañar?- respondió Renata confundida.
-No, no, no. ESTO…- dijo Abril señalando el bolsillo trasero del pantalón, de donde se asomaba una pequeña libreta.

Diecicho, Parte III




Abril.

Se me partía la cabeza. Eran las ocho de la mañana del sábado y acababa de entrar a mi casa en puntitas de pie para no despertar a ninguno de los miembros de mi familia.
Fui a mi habitación, me senté en mi cama y me deshice de mi ropa y mis zapatos, los que cambié por mi pijama y unas cómodas pantuflas. En la habitación contigua, mi hermano de 24 años dormía en la suya, emitiendo unos sonoros ronquidos. Probablemente, no hacía mucho que había llegado de bailar.
¡Por Dios, cómo me dolían los pies! Habíamos salido de festejo por los cumpleaños de Renata y Candela. Comimos en un restaurante las tres solas, como mejores amigas que éramos y brindamos por el futuro que nos esperaba: el viaje que iríamos a hacer en pocos meses.
Después nos encontramos con el resto de nuestros amigos que, para ser sincera, eran bastantes -que sociales son mis amigas… Okay, yo también lo soy- y  de ahí nos fuimos a bailar. Tomamos alcohol como nunca y bailamos SIN PARAR toda la noche. Las dos se hicieron mayores de edad y era necesario salir a pasarla muy bien. Y si, ¡al fin las tres teníamos 18 años! Yo los había cumplido dos meses atrás, era la más grande.
Sentí algo que ascendía por mi garganta y entré corriendo al baño. Creo que tomaste demasiado, dijo con ironía una vocecita en mi cabeza.
Después de lavarme las manos me miré al espejo. ¡Estaba hecha un asco! Mi larguísimo y anaranjado cabello todo despeinado, el rimel de mis ojos verdes estaba todo corrido y ni un rastro de la base de maquillaje que me había puesto para tapar esas pecas que salpicaban mis mejillas y que tanto odiaba. Limpié mi cara con un algodón y crema desmaquillante, tomé una aspirina para el dolor de cabeza y volví a mi cama mientras cruzaban mi mente todos los recuerdos de la noche que había pasado. Tenía los pies súper hinchados por los tacos. Aunque medir un metro sesenta y siete -o algo así- no estaba del todo mal, a mi me gustaba parecer mas alta.
Puse mi celular debajo de la almohada y me tapé hasta la cabeza. Estaba prácticamente dormida cuando sentí algo que vibraba. Miré la pantalla del móvil y vi un mensaje de texto de mi novio que decía: “Avisame cuando llegues. Te amo. Fede”.
Era un amor de persona mi novio. Estaba saliendo con él desde hacía tres meses y no había una sola cosa negativa que pudiera sacar de la relación; siempre se preocupaba por mí y hacía lo necesario para verme bien. Es mas, esa noche la pasó con nosotras porque era un gran amigo de Cande y Nata, y como no me pudo acompañar hasta mi casa, ahora me mandaba un mensaje para asegurarse de que había llegado bien. Pero como una idiota me había olvidado de avisarle que ya estaba ahí, así que le contesté que ya estaba en mi casa y metida en mi cama. Dejé el celular adonde estaba, me volví a tapar toda y acomodé para dormirme.
Entonces una vez mas los recuerdos se apoderaron de mi mente mientras volvía a caer en sueños y se me vino a la cabeza algo súper importante. Abrí los ojos de un golpe, salí de mi cama y fui silenciosamente a prender la computadora.
Mientras “se cargaba mi configuración personal” fui a buscar un vaso de gaseosa a la cocina y cuando volví me senté frente al monitor y, con los dedos torpes por el cansancio, me dispuse a buscar en Internet, para ver con mis propios ojos, lo que me habían contado las chicas mientras hacíamos la fila para entrar al Pub. Sinceramente no les creía.
El glorioso Google me dejó servido lo que quería encontrar:

“El día treinta del corriente mes, se cumplen dos años del anuncio de la separación de la banda Jonas Brothers, la cual tomó por sorpresa…”

Terminé de leer la nota rápidamente y me quedé ahí releyéndola varias veces, como esperando encontrar escrito entre líneas algo que me dijera que era todo mentira y que a pesar de que los Jonas Brothers ya no eran una banda, al menos seguían siendo tan unidos como antes y no que cada uno vivía su vida por separado y prácticamente no tenían contacto. Eso era horrible.
Luego de unos minutos, dejé el vaso a medio terminar en la mesita de luz y me acosté por tercera vez, pero ahora con una sensación de pesadez en el estómago y un nudo en la garganta, que nada tenían que ver con el alcohol que había tomado y, poco a poco, me fui quedando dormida.
Iba en un avión hacia Los Ángeles, feliz e incrédula de estar cumpliendo un sueño de tantos años. Candela y Renata estaban conmigo…y de pronto volvía al 21 de mayo del 2009, estaba en un recital, gritando y cantando… y caminaba por la playa con mis amigas, bajo el sol y los hermanos Jonas estaban ahí, cantaban para nosotras y todos reíamos… las escenas y los sonidos formaban un manchón de colores que se amontonaban en mi mente dormida.
Esa noche reviví en sueños todos los buenos momentos y la felicidad que esos tres chicos me habían hecho vivir alguna vez.
¿Sería que, a pesar de que no sacaba sus CD’s del último cajón del escritorio hacía mas de un año, no había perdido el cariño que les tenía y mantenía la esperanza de volver a verlos unidos otra vez? 

martes, 15 de febrero de 2011

Dieciocho, Parte II

II

Candela.

Me había quedado dormida, por lo que estaba realmente apurada. En cinco minutos empezaría mi primera clase del día. La verdad era que nunca había imaginado que los estudios me volverían tan loca; últimamente eran en lo único que pensaba.
Entré al edificio y corrí al baño. Al pasar por delante del espejo me detuve. La imagen que me devolvía el espejo era muy similar a la de todas las mañanas: los ojos prácticamente cerrados a causa del cansancio y mi blanca tez enrojecida por el frío clima.
Ya a punto de terminar el secundario, me di cuenta de lo muy cambiada que estaba físicamente comparada con la chica que era cinco años atrás, cuando cursaba mi primer año en esa misma escuela. Estaba flaca, bastante dirían algunos, definitivamente ya no tenía ese cuerpo que tanto me había torturado hasta poco antes de cumplir dieciséis años, cuando finalmente logré la figura que siempre había soñado tener. Mi metro setenta ya no era tan descomunal como años atrás, cuando al pararme al lado de mis amigas les sacaba una cabeza de altura. Mi pelo  -bastante despeinado en ese momento -estaba largo hasta mi cintura, y todavía conservaba su natural color chocolate, con esos reflejos anaranjados al sol que tanto me gustaban.
Estoy linda, pensé mirándome al espejo.
Por primera vez me sentía realmente linda. No perfecta, sólo linda.
A pesar de todo no podía encontrar aún al chico de mis sueños, aunque debía reconocer que soy bastante pretenciosa.
Miré mi reloj. Tres minutos.
Era el cumpleaños de Renata y esa tarde la iría a visitar. Hacía mucho tiempo que no la veía ya que últimamente nuestras agendas estaban bastante apretadas: la escuela, inglés y mis clases de comedia musical acaparaban la mayor parte de mi tiempo, y el trabajo y los estudios hacían casi imposible que Nata tuviera tiempo más que para respirar. Sabía que ella en el último tiempo había descuidado mucho a sus amigos, y por eso se alejó de bastante gente. Y de tener novio ni hablar. Gracias que tenía tiempo para comer, lo que menos podría mantener en ese momento era una relación. Aunque a mi parecer  no le vendría nada mal un poco más de apoyo. Con Abril siempre hicimos lo que pudimos, pero igual la veía bastante sola. Aunque, más allá de todo, ella era feliz. Con eso alcanzaba y sobraba.
Abril y Renata. Mis mejores amigas, desde… ni idea, ¡mucho tiempo! Las conocía más que a mi misma y teníamos una relación de extrema confianza. Es mas, con Nat, a veces bromeábamos diciendo que éramos gemelas, ya que solamente le llevaba horas de vida. Es decir, el día anterior había sido mi cumpleaños. Dieciocho años… después de tanto soñarlo, finalmente habían llegado. Ya las tres éramos mayores de edad, lo que sólo significaba una cosa: VIAJE.
Cuando cumplí quince años, en vez de pedir a mis padres una fiesta pedí un viaje. Pero no quería realizarlo en esa ocasión. Mi sueño era hacer un viaje con mis amigas al cumplir la mayoría de edad. Por eso, mis papás abrieron una cuenta bancaria a mi nombre donde depositaron la plata suficiente para que mi deseo pudiera hacerse realidad.
Desde el primer momento supe que ese viaje iba a ser con Nat y Abril, aunque no a todas nos costó lo mismo poder organizarlo. Renata se esforzó muchísimo para conseguir la plata suficiente, yo en cambio, la obtuve como un regalo, y Abril… Abril no tenía problemas de dinero. Su papá es dueño de una de las más prestigiosas cadenas de supermercados del país, por eso, costearlo para ella no significó ningún sacrificio en absoluto. 
El viaje prometía ser lo mejor. Tres amigas solas en Los Ángeles. Tres meses a puro disfrute. OMG, I can’t wait!
Sonó el timbre para entrar a clases, acomodé mi uniforme y saliendo apurada del baño, me mezclé entre los cientos de chicos que iban por el pasillo, entrando a las aulas y acomodándose en sus asientos.



Hacía media hora que había llegado a casa. Estaba algo así como… sorprendida.
Iba en el colectivo leyendo el diario y cuando llegué al suplemento espectáculos, vi una nota que me shockeó: dos años de la separación de los Jonas Brothers. No podía creer que hubiese pasado tanto tiempo, me parecía que había sido ayer cuando los vimos por primera vez en concierto.
El día que iniciaba la pre-venta conseguimos entradas para la fila 23. Al principio nos pusimos mal, ya que nuestro sueño desde siempre había sido verlos en primera fila, pero el día del concierto, al apagarse las luces, toda la gente corrió hasta quedar pegados al escenario, y nosotras quedamos aglomeradas contra las vallas que rodeaban el escenario.
Hicimos una cuenta regresiva (muy típico de Abril) y se nos ocurrió grabar videos de cuando nos agarraban ataques de emoción para guardarnos de recuerdo. Todavía los tenía y cuando los miraba moría de risa.
Cuando por fin faltaba sólo un día para el recital, las chicas se quedaron a dormir en casa. Bah. Dormir… ¿Realmente dormir? No. Estuvimos despiertas casi toda la noche escuchando sus CDs a todo volumen (mis papás habían ido a un casamiento. De haber estado, estoy segura de que no hubiese sido posible) y planeando la vestimenta que usaríamos al día siguiente. Cada tanto soltábamos grititos de emoción que nos dejaban sordas. Estábamos muy ansiosas y al día siguiente ni bien nos “levantamos” empezamos a preparar todo.
Agarramos todas las cosas para prepararnos y fuimos para la casa de Ab. Desde siempre es la casa que más amo: con ambientes espaciosos y con techos altos, pero a la vez muy cálida y con habitaciones en suite con vestidor para todos los integrantes de la familia. La casa que cualquier persona con un poco de buen gusto podría soñar.
Cuando llegamos pusimos música y Nata fue a buscar galletitas y chocolatada. Nos bañamos las tres (lo cual nos llevó bastante tiempo) y a la una de la tarde, decidimos que ya era hora para empezar a prepararse para el show, para así poder llegar al estadio alrededor de las cuatro.
Elegimos nuestros atuendos de modo que estuviésemos cómodas y lindas a la vez: Abril tenía un short de raso negro con unas sandalias chatitas y una remera blanca con una imagen de Marilyn Monroe en distintos tonos de grises. Nati se puso un pantalón chupin blanco con una musculosa azul estampada y zapatillas al tono. Yo tenía un vestido de corte por la cintura negro por arriba de las rodillas con sandalias y cartera color gris.
Llegamos al lugar con una adrenalina tremenda. Cuando empezó a avanzar la interminable fila de gente que teníamos adelante nuestro y pudimos entrar, nos pusimos a gritar como tres locas… igual que siempre.
El recital fue totalmente genial. Con las chicas estábamos súper emocionadas  y no paramos de gritar ni un segundo. Bailamos y saltamos como si estuviéramos en nuestros cuartos y cantamos todas las canciones a toda voz. Fue una de las mejores experiencias, uno de los mejores días que pasamos juntas. Imposible olvidarlo.

El viernes pasé a buscar a las chicas a las nueve y media con el auto de mamá. Primero fui a lo de Ab y después a lo de Nata. Cuando llegamos le cantamos el feliz cumpleaños como dos locas gritando en la calle. De ahí fuimos a comer algo y después salimos para un barcito en Palermo.
-¡Chicas, a romperla, eh! -les dije a mis amigas con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Si!- contestó Abril con una mirada picarona.
-Cuidado vos, nena, que tenés novio. No podes hacer nada fuera de lugar- le advirtió Nata.
Estuvimos todo el viaje riéndonos y escuchando música a todo volumen.
La noche se pasó volando. ¡La pasamos súper genial!
Volví a casa re cansada y subí directamente a mi habitación. Me desplomé en mi cama sin siquiera ponerme el pijama y me quedé dormida dos segundos después.