viernes, 11 de marzo de 2011

Distancia y acercamientos, Parte III


Abril

   Me dirigía a la cocina a buscar un vaso de gaseosa. Estaba descalza y el piso muy frío así que hice lo más rápido que pude y volví a la cálida y esponjosa alfombra de mi cuarto en cuestión de segundos. Me senté en mi cama, me tomé la bebida casi de un trago y luego dejé el vaso en la mesita de luz.
   Era jueves a la noche o, mejor dicho, viernes a la madrugada, ya que eran… miré el reloj de pared que había comprado el lunes: casi las cuatro de la mañana, y yo estaba despierta hacía ya unas horas. 
Me había despertado por la misma razón que las noches anteriores: Fede. 
No paraba de darme vueltas en la cabeza esa idea de que, tarde o temprano, nuestra relación iba a terminar. Desde el momento en que había puesto un pie en el avión lo sabía y no encontraba manera de olvidarme de eso por un rato… tres meses con él, habían sido mas que perfectos. Sentía que Fede era la persona con la que compartiría el resto de mi vida y sabía que él pensaba lo mismo de mi porque ya me lo había hecho saber varias veces, y estaba segura de que no me mentía. Fede era perfecto para mi y no quería perderlo en ese momento, no de esa manera, prefería tener una razón mas valedera que la distancia que nos separaba pero, por mas que la buscara, no la encontraba.
   Veinticuatro años, morocho, de ojos verdes, alto y muy lindo. Era absolutamente bueno y completamente sincero, compresivo, consejero, compañero, gracioso, simpático y sociable. Además de todo eso estaba estudiando derecho, ya a punto de recibirse,  y mientras tanto, estaba trabajando en el estudio jurídico de su papa, de gran prestigio y trayectoria. Era simplemente perfecto, no tenía dudas de eso. Además, con todo lo que lo necesitaba en ese momento, por mas que me esforzara en encontrarle algún defecto, lo único que podía recordar eran sus virtudes.
   Las lágrimas volvieron a caer por mis mejillas, empañando mi mirada y dejándome ese sabor amargo en la boca. Traté de calmarme lo mas rápido posible, me soné la nariz con un pañuelo que saqué del segundo paquete de tissues que había abierto y después lo sumé a la gran pila de pañuelos usados que tenia en la mesita de luz. Agarré un par de pantuflas del placard, me las calcé, me abrigué y salí al pasillo cuidando de no hacer ruido para no despertar a las chicas. Bajé las escaleritas y salí al balcón.
   Hacia muchísimo frío y las grisáceas nubes de la noche me indicaban que pronto llovería. Pero no me importó eso, necesitaba sacarme el dolor de alguna manera y el frío o la lluvia serían una distracción perfecta. Acerqué una silla a las rejas y me senté mirando hacia la ciudad que se parecía mucho a mi, ya que practicamente no dormía por las noches. El viento hacía ondear mi largo cabello y las lágrimas volvían a ahogarme, trayendo nuevamente el recuerdo de mi novio. Mi llanto era cada vez más fuerte e intenso y mi dolor incomparable. Sentía que moriría en cualquier momento, si no lo tenía a mi lado.
   Entonces, escuché un golpe en el vidrio de la puerta corrediza del balcón, volteé y las vi a las chicas haciéndome señas para que entrara con ellas, pero yo negué con la cabeza. Al ver este gesto, abrieron la puerta y salieron las dos descalzas, intentando cubrirse del viento con sus manos y, muertas de frío, corrieron a abrazarme. Gracias chicas, ¡siempre están ahí cuando las necesito!
   Las abracé con las pocas fuerzas que me quedaban y lloré sobre sus hombros por un rato.
   -Bueno, ¿entramos? Porque vamos a terminar empapadas –sugirió Nata.
   Yo no me había dado cuenta, pero había empezado a lloviznar y las tres ya estábamos bastante mojadas.
   -Si… entremos -respondí, casi sin volumen.
   Las chicas me llevaron abrazada hasta mi cuarto, me dieron ropa seca y me hicieron acostar en mi cama. Yo no tenía fuerzas ni ganas para nada. Cuando se fueron de la habitación, las lágrimas se volvieron a agolpar en mis ojos y comencé a llorar otra vez, pero a los pocos minutos la puerta se volvió a abrir y las chicas entraron por ella con pijamas limpios, toallas en el pelo y… ¿colchones?
   -¿Qué hacen con eso?
   -¿Creíste que te íbamos a dejar sola así como estas? –inquirió Cande, simulando estar ofendida.
   -No, señora. Nosotras nos quedamos acá a hacerte compañía –agregó Nat.
   Acomodaron los dos colchones a la derecha de mi cama, se sentaron sobre ellos y jalaron de mi mano para que las acompañe. Yo me destapé, agarré mi almohada y tiré de las frazadas para taparnos a las tres. Me acomodé en el medio de la “cama” y con el abrazo y las palabras de aliento de las chicas, en pocos minutos me dormí.

   -¿No te pensas levantar, bella durmiente?
   -Dale que ya son las… tres y media según mi reloj.
   Abrí los ojos y las vi a Nat y Cande con una gran sonrisa en sus caras y una bandeja con lo que sería mi desayuno. Me incorporé y me apoyé contra la pared. Me habían servido un desayuno lleno de calorías pero aun así no me negué porque mi estómago me estaba reclamando alimento, así que me comí todas las galletitas, me tomé toda la chocolatada y un tazón de cereales. Después de terminármelo todo, las chicas se llevaron la bandeja y los colchones e hicieron mi cama. Yo fui al baño a lavarme la cara y cuando salí me llevaron de la mano al sillón del living y apagaron las luces.
   -Alquilamos una de terror –dijo Nata, sonriendo maliciosamente.
   -Ideal para un día de lluvia –agregó Can con el mismo gesto-, ¿te prendés?
   Miré la ventana y confirmé que seguía lloviendo, no era una lluvia fuerte pero no parecía querer parar pronto.
   -Totalmente.
   Corrieron a sentarse en el sillón, una a cada lado. Apoyamos los pies en la mesita ratona y nos tapamos con un acolchado y, sin siquiera haber puesto “play”, empezamos a comer los pochochos como tres maniáticas. Nos miramos y nos reímos a carcajadas y después de calmarnos, finalmente prendimos el DVD.
La película no dio miedo en absoluto porque estábamos demasiado tentadas y nos reíamos de cualquier cosa: aparecía el asesino y nos reíamos; apuñalaba a alguien y nos reíamos; salpicaba la sangre y nos reíamos. ¡Dios, fue tan gracioso! ¡Gracias a la vida por haberme dado estas amigas!
   Cuando terminó la peli prendimos la radio y nos quedamos ahí sentadas charlando, riéndonos, haciendo concursos de caras feas, grabando videos, cantando, bailando y jugando a guerra de almohadones durante el resto de la tarde.

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