sábado, 12 de marzo de 2011

Distancia y acercamientos, Parte IV


Cande

Nos habíamos despertado tardísimo y por eso todavía me costaba mantener los ojos abiertos y concentrarme en lo que hacía, sin bostezos de por medio. Siempre me pasaba lo mismo: cuanto más dormía, más cansada estaba después.
Eran las cuatro de la tarde y el día estaba igual que el anterior. Hacía frío y llovía, el cielo estaba gris y no se asomaba ni un rayo de sol.
-Se suponía que el clima en Santa Mónica no era así, ¿no? –dije mirando al cielo con reproche.
-Según Chace, tiene que ver con el calentamiento global –contestó Nata. La observé completamente indignada. Con lo bueno que estaba Chace, ¿no tenía nada mejor que hacer que hablar del calentamiento global?
Decidimos quedarnos, otra vez, toda la tarde en casa. No había nada mas lindo que pasar una tarde lluviosa con amigas mirando películas y tomando chocolate caliente… y eso era lo que teníamos pensado hacer.
-Bueno, organicemos –dijo Ab–. Cande, vos andá a agarrar frazadas y almohadas, y Nat y yo vamos a la cocina a buscar comida y bebida.
-Bueno esta bien… ¡pero esperá! –Grité antes de que dieran media vuelta y desaparecieran tras la puerta–. Solamente si traen chocolates también.
Sonreí como una nena chiquita. Amaba el chocolate, especialmente si era blanco.
Las chicas fueron para la cocina y yo estaba subiendo las escaleras cuando escuché que sonaba mi celular. Me detuve a percibir de donde provenía el sonido, ya que no tenía idea de donde lo había dejado. Me quedé en mi lugar por unos segundos: venía de mi derecha. Giré y lo vi apoyado sobre la estantería al lado de mi gastado ejemplar de La Historia del Amor, que estaba fuera de lugar. Corrí para llegar a atender antes de que cortaran y respondí sin fijarme quien era, al tiempo que acomodaba el libro en su sitio.
-¿Hola?
-Hola –contestó una voz áspera, muy poco familiar.
Alejé el auricular un momento para ver quién era, pero el número no era de nadie a quien tuviera agendado.
-¿Quién habla?
-Joe.
-¿Qué Joe?
-Joe, del otro día en la fiesta.
-¿Joe de la fiesta? –pregunté confundida. Definitivamente necesitaba lavarme la cara nuevamente, porque todavía tenía la almohada pegada a la mejilla.
-Sí. Joe… Jonas.
Reaccioné bastante tarde.
Y si Candela, ¿Qué Joe va a ser, si él es el único que conoces? Tonta. De todos modos, ¿por qué me llama Joe? Nunca hablamos demasiado, es mas, nunca mantuvimos una conversación propiamente dicha. Y, lo más importante, ¿de donde sacó mi número?
-¡Ah! ¿Cómo estás?
-Todo bien. ¿Vos?
-Bien, bien.
Al ver que nos quedábamos callados, en un silencio un poco incómodo, pregunté lo primero que se me vino a la cabeza:
-¿Cómo es que tenés mi número de teléfono?
-Me lo pasó Chace. Creo que me dijo que se lo había pasado Renata.
¿Renata le pasó mi celular a Chace? ¿Para qué?
-Ah, puede ser.
Silencio de nuevo.
-Perdoná que te lo pregunte tan directamente, pero, ¿llamaste por algo en especial?
Me estaba poniendo nerviosa esa conversación y el no saber por que me había llamando, más aún.
-Si. Te explico… estaba acá con Chace y Tom, viendo si hacíamos algo y yo les dije “¿Por qué no llamamos a esas chicas simpáticas que conocimos el otro día y vemos si quieren hacer algo con nosotros?”
Me sorprendió bastante que hubiese sido él quien llamara, teniendo en cuenta que no había hablado demasiado con ninguna de las tres. Y ¿“esas chicas tan simpáticas”? ¿Qué le pasaba? Además, ¿por qué no llamó Chace a Nata en lugar de él a mi?
-Ah, y ¿qué tenés en mente?
-No sé, lo que ustedes quieran.
Terminamos la comunicación y fui a la cocina a contarles a las chicas.
¡Uy! Tal vez se enojan, se suponía que iba a ser una tarde de chicas… pero, en fin, ya tuvimos una ayer. Aunque, pensándolo bien, no creo que a Nata le moleste en absoluto. Es probable que Ab sea más difícil de convencer…
Entré a la cocina y las vi preparando bandejas con galletitas, café, chocolates y mas.
-Chicas, cambio de planes.
-¿Qué? –exclamaron al unísono.
-Si. ¡No saben lo que pasó! Me llamó Joe –al oír esto ambas abrieron sus bocas mostrando desconcierto-, y en un rato viene con Chace y Tom a ver una película a casa.
Las caras de las dos se transformaron: abrieron los ojos muy grandes y me miraron más sorprendidas aún.
-No, pero…-comenzó Abril, pero no la dejé seguir.
-Pero nada. Hay que prepararse porque en una hora y media vienen. Ellos traen película y nosotras ponemos las provisiones.
-¿Una hora y media? –Dijo mirando significativamente el pijama que todavía llevaba puesto–. Pero ¿no ves que no llegamos a prepa…?
-Por eso mismo se callan y nos vamos a arreglar –la interrumpí.
Tomé a ambas de las manos y las conduje a mi habitación. Las senté en la cama y les di claras instrucciones:
-Van a sus cuartos, agarran toda la ropa, accesorios y demás que crean que pueden ser útiles para la ocasión y vuelven. Tienen cinco minutos, empezando… ¡ya!
Salieron disparadas hacia sus respectivas habitaciones. Mientras tanto, yo abrí mi propio placard y saqué todo lo que me pareció apropiado: pantalones, remeras, polleras, sweaters, vestidos, etc. Lo coloqué todo bien acomodadito sobre la silla, y abrí un cajón del tocador donde guardaba mis accesorios. Agarré zapatillas y chatitas que podían ser útiles y las acomodé a un lado de la cama. Terminé en el preciso momento en el que las chicas entraban cargadas con ropa. Acomodamos todo junto a mis cosas rápidamente y comenzamos con nuestra tarea de decidir que ponernos.
Después de un rato de probarnos de todo y reírnos a más no poder, cada una tenía su conjunto. Renata llevaba una falda gris oscuro por arriba de las rodillas, tiro alto, y una musculosa blanca, un collar de piedritas transparentes y grises, en los pies unas chatitas también grises y, para no tener frío, un saquito rojo abierto. Para Abril elegimos un vestidito corto color natural, al cuerpo, manga tres cuartos, con corte princesa y en los pies unos zapatos bajos violetas. Yo tenía un jean achupinado gris, una remera azul marino estampada y zapatillas negras, que hacían juego con el sweater que también llevaba.
-DI-VI-NAS –gritó Ab, conforme con nuestros atuendos.
-Obvio, como siempre –dije entre risas.
-Si, todo espectacular pero vamos a ordenar abajo que esta casa es un horror –acotó Nata.
Mientras bajábamos la escalera le eché un vistazo al reloj que colgaba de la pared.
-¡Cuarenta minutos!
-¡Okay! Organicémonos. Nata, anda a la cocina y poné a hacer los pochoclos. Cande, ordená el living y hacé de esto un lugar presentable. No podemos dar la impresión de ser un desastre. Más que nada por ustedes lo digo chicas…
Sonrió y guiñó un ojo. Nata y yo nos miramos. ¡Desubicada! Hablaría de Renata, porque yo no tenía que quedar bien ante nadie.
-Bárbaro. ¿Y vos que hacés?
-Yo… -se debatió unos instantes –yo recorro las habitaciones y el baño por las dudas.
Cada una se dirigió para la parte de la casa que le correspondía. Pero antes de ordenar… ¡música! Imposible lograrlo sin ella. Puse un CD a todo volumen y ¡manos a la obra!
A los veinte minutos, ya había terminado. Me senté en el sillón exhausta. Aunque sonara exagerado, la casa era un completo desastre. Listo, pensé, no más problemas por ahora.
A los pocos minutos de haber empezado mi descanso, sentí un fuerte olor a quemado. Corrí de inmediato a la cocina, que, sorprendentemente, estaba vacía.
-Renata, ¿dónde estas? ¡Veni acá que te mato!
Abrí la puerta del microondas y el olor se multiplicó. Me encontré con una bolsa de pochoclos rota y su contenido desparramado y quemado.
Al parecer el olor invadía toda la casa, ya que unos segundos después Abril apareció para ver que estaba sucediendo. Al ver que era lo que provocaba ese desastre pregunto…
-¿Dónde está Renata?
-Esa es una muy buena pregunta. Anda a buscarla para que la asesine mientras intento limpiar este desastre.
Ap se fue y reapareció a los pocos segundos con Renata.
-¡¿Me podés explicar donde estabas que no sentiste el olor asqueroso este?!
-Hablando por teléfono con mí mama, en el balcón. ¡Ay, por Dios! ¡Que olor horrendo! ¿Podés cerrar ese microondas?
-En vez de quejarte, ¿por qué no ayudas?
-Bueno, bueno.
-Chicas voy a abrir todas las ventanas y a poner sahumerios por toda la casa antes de que sea imposible respirar.
Nata y yo nos miramos y nos pusimos a limpiar todo. Al principio estaba algo molesta, pero a los pocos minutos me dio mucha risa la situación y me tenté. Nata se contagió, y así terminamos de limpiar todo antes de que llegaran los chicos.
-¿Quedaron bolsitas para hacer pochoclo?
-Si.
Se paró sobre una silla para alcanzar el estante más alto de la alacena. Agarró dos paquetes y me los tiró. Los atrapé y los puse de a uno en el microondas que, por suerte, ya tenía menos olor a quemado.
Terminamos de preparar todo y fuimos al living, donde estaba April. Nos desparramamos por los sillones y nos pusimos a charlar sobre cualquier cosa, como siempre.
Al cabo de unos minutos sonó el timbre.

1 comentario:

  1. !!!!!! ya quiero el q sigue =)
    encima con lo q dijiste hoy me quede mas enbtusiasmada!

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