jueves, 10 de marzo de 2011

Distancia y acercamientos, Parte I



Renata

Sonó la alarma de mi celular a las ocho de la mañana del lunes. Me enderecé en la cama, apagué con un golpe el escandaloso aparato y me dejé caer rendida otra vez sobre mi almohada.
A pesar de que había pasado casi todo el domingo durmiendo, me costó mucho despabilarme por completo, ya que todavía seguía cansada por la noche del sábado. Era que, una vez que cambiaba el horario de sueño, después me costaba mucho volver a acomodarlo. Pero no me quejaba, pasaría mil noches mas como esa.
Me volví a enderezar en la cama y, aún entre las sábanas, miré hacia la ventana. Aunque la persiana estaba baja, por las rendijas entraban unos finos destellos de luz solar, que pegaban directamente en mis ojos, obligándome a despertar.
Resignada, me destapé, me senté con los pies al costado de la cama y me incliné hacia adelante para agarrar mis adoradas pantuflas con forma de patas de oso. Me las calcé y, al darme cuenta del frío que hacía, corrí a ponerme la bata que había dejado colgada detrás de la puerta de la habitación. Caminé a paso lento hacia la ventana y subí la persiana para dejar entrar la luz por completo, que me pegó de lleno en la cara.
Nuestro departamento era bastante amplio, ya que estaba ubicado en una de las alas del edificio. Los cuartos de las chicas estaban orientados hacia la calle, Santa Mónica Blvd., al igual que el balcón. El mío, en cambio, daba a la parte interna del edificio, ya que estaba situado justo al otro lado del pasillo. A pesar de todo, hubiera preferido mil veces la vista que tenían Abril y Candela desde sus ventanas -más que nada de noche-: todas las enormes y hermosas casas de la manzana, las luces de la ciudad, la gente que transitaba las calles, los anuncios publicitarios y la tranquila y soleada vida de Los Ángeles.
Así como estaba, en bata y pantuflas, hice mi cama, agarré algo de ropa y salí de mi habitación. Aparentemente, no había nadie despierto aparte de mí.
Caminé unos pasos a mi derecha y entré al baño. Me lavé los dientes y acto seguido abrí la canilla de agua de la ducha. ¡Como amo bañarme a la mañana! Me relaja pero a la vez me energiza para el resto del día, pensé con satisfacción una vez estuve bajo el agua caliente. Me quedé ahí durante un largo rato.
Una vez vestida, pero todavía con la toalla en la cabeza y las pantuflas puestas, salí del baño. Cuando creí que las chicas iban a seguir sin dar señales de vida, escuche unos ruidos que venían de la habitación de Cande, que me indicaron que ya se había levantado, estaba buscando algo de ropa en sus cajones y, a juzgar por los golpes que daba al cerrarlos, no encontraba nada que la complaciera.
Me froté el pelo con la toalla, entré a mi dormitorio a ponerme un par de cómodas zapatillas y después bajé las escaleras. Atravesé el desordenado living y me metí en la cocina. Estaba igual de desastrosa que el cuarto anterior: los platos y vasos que habíamos usado la noche anterior seguían arriba de la mesa, con restos de comida y bebida todavía en ellos; el piso estaba todo pegoteado porque se había caído gaseosa y nadie lo había limpiado; y ni hablar de la cantidad de ropa sucia que había acumulada en el pequeño lavadero.
Lo que en realidad pasó, fue que acordamos dejar todo como estaba por ese día porque las tres estábamos muy cansadas, pero el desorden que tenía ante mis ojos parecía secuela del paso de un huracán enfurecido.
Con un sentimiento de asco, atravesé la cocina y metí la ropa sucia que me acababa de sacar y todo el resto que había en el cesto- cuidando no mezclar los colores- a lavar. Metí los platos en el lavavajillas y me puse a limpiar el piso.
En unos cuantos minutos, ya había ordenado toda la cocina y la sala de estar, y había servido un rico desayuno. Entonces me di cuenta de que ninguna de las chicas había salido de sus cuartos. La idea desde un principio había sido levantarnos temprano para ir a recorrer un centro comercial cercano, pero parecía que la única que lo había hecho era yo.
Un tanto molesta, volví a subir las escaleritas que dirigían al entrepiso. Golpeé la puerta de la habitación de Cande, que era la que me quedaba mas cerca, pero no respondió. Justo cuando estaba por golpear otra vez, escuché un ruido a mi derecha. Volteé y la vi salir del baño con expresión de enojo.
-¿En dónde metiste el lápiz para ojos? -me atacó.
-Hola, buen día, ¿como estás? -dije sarcásticamente con el tono mas amable que me salió, reproduciendo las palabras que tendría que haber empleado para saludarme en lugar de “¿en dónde metiste el lápiz para ojos?”.
-Perdón. Hola -saludó con arrepentimiento.
-Hola, yo no lo tengo -respondí finalmente a su pregunta sin molestarme ya por ocultar mi fastidio-. Lo usé ayer y lo dejé en el baño, como siempre. Si no esta ahí, no se a donde puede estar. Preguntale a Abril, lo debe tener ella…
-¿Y donde esta? -preguntó mostrándose todavía arrepentida.
-Supongo que cambiándose acá adentro… -señalé la puerta del cuarto de Abril- abajo no está.
Cande se aproximó a la puerta de Abril y la golpeó con fuerza y ritmo, pero no contesto. Volvió a golpear, esta vez con mas fuerza y, al ver que seguía sin contestar, se volteó hacia mí y me miró confundida. Entonces me acerqué yo a la puerta.
-¿Ap, estás bien? -hablé con la boca pegada a la cerradura.
Una vez más, no dio señales de nada. Volví a mirar a Cande que seguía con la misma expresión de desconcierto en la cara y decidí abrir la puerta.
La habitación estaba casi en la oscuridad total, de no ser por la luz que se colaba por los orificios de la persiana, así que encendí la lámpara del techo. Abril estaba acostada en su cama… ¡¿DURMIENDO?!
-¿Qué hacés durmiendo?
Abril se despertó sobresaltada y me miró confundida a través de sus ojos verdes, entrecerrados.
-Ah… es que…-tartamudeó.
-¡No! ¡Es que nada! –dije hecha una furia. Odio la desconsideración de la gente-. Yo me levanté a las ocho de la mañana, ordené todo y preparé el desayuno para que nos podamos ir temprano y son las nueve y cuarto ¿y vos seguís durmiendo?
-Ay, es que… perdón –la voz se le quebró al pronunciar la última palabra.
Se tapó la cara con las manos y empezó a llorar. En ese momento comprendí todo y me sentí horrible.
Era obvio que la noche pasada, al igual que otras, no pudo pegar un ojo. Últimamente la veíamos muy preocupada por Fede y por lo que le podía llegar a pasar con su relación en el futuro. Las tres sabíamos que por como era Ap y por lo que ella nos decía, no estaba en sus planes el hecho de engañarlo, pero su preocupación iba en torno a lo que pudiera hacer su novio en su ausencia… porque no eran quince días, sino tres meses, en los que en Argentina era verano y las tentaciones estaban al alcance de la mano.
Con un gran sentimiento de culpa, me abalancé sobre su cama y la abracé con todas mis fuerzas. ¡Que estúpida soy! ¿Como no pensé en eso antes?
-Ay no, ¡perdoname vos Ap! Soy una tarada.
Cande se unió a nuestro abrazo y entre las dos la consolamos hasta que se calmó.
-Quedate tranquila, tomate tu tiempo… nosotras vamos abajo a desayunar y te esperamos ahí- la animó.

Al cabo de una hora salimos las tres de casa, ya relajadas y riéndonos, y subimos al taxi que nos llevó hasta un enorme paseo de compras. Entramos prácticamente a todos los negocios de ropa y nos probamos miles de prendas, de las cuales no compramos ni la tercera parte.
Nos reíamos hablando en castellano de las caras de las vendedoras, que mantenían esa imperturbable y falsa sonrisa ante todo lo que les decíamos.
Alrededor de las doce y media, decidimos hacer un break para comer y entramos a un McDonnald’s.
-Yo quiero esa de ahí -dijo Abril señalando un cartel que mostraba una hamburguesa realmente tentadora, una vez nos encontrábamos en la fila para hacer nuestra orden.
-Yo también –coincidió Cande-. ¿Vos, Nata?   
-Yo…
Entonces, sentí que mi celular vibraba en mi cartera. Apoyé en el suelo las bolsas que tenía en la mano, lo saqué y miré la pantalla: Chace.
Atendí, repentinamente nerviosa.
-¿Hola?
-Hola, ¿cómo estás? –contestó la suave voz de Chace.
-Bien, ¿y vos? –intenté imitar su tono despreocupado, pero claramente no funcionó.
-Muy bien. Emm… ¿que hacías?
Ahora su voz tenía una nota de nerviosismo y me alegré de no haber sido la única.
-Nada importante, en realidad… de compras con las chicas ¿Y vos?
Era una especie de ping-pong de preguntas y respuestas.
-Casualmente, estaba con Tom, a punto de salir un rato del set para almorzar, y nos preguntábamos si querrían acompañarnos.
Entonces recibí una suave bofetada en la cara. Miré en la dirección de la que había provenido y me encontré con Cande que me miraba con los ojos extremadamente abiertos y asentía entusiasmadamente con la cabeza. Al parecer, se podía escuchar por el auricular del celular cada una de las palabras que Chace me decía.
-Nata… ¿estás ahí, me escuchás? –preguntó al notar que me había quedado callada debido a la distracción, invisible para él.
-Sí, te escucho. Eh, ¿dónde queda el lugar?
Chace me pasó la dirección del set de grabación y me dijo que me esperaba ahí en cuarenta minutos.
Cuando colgué, las chicas me miraban expectantes. Yo las miré con una sonrisa de satisfacción.
-Chicas, cambio de planes –les dije, aunque eso ya lo sabían.
-No, yo no voy a ningún lado –soltó Abril.
-¿Qué? ¿Por qué? –preguntó Cande atónita.
-Porque… me duele la cabeza.
-Ay, dale –la animé -, no es necesario que seduzcas a nadie –hizo una mueca-. Es sólo para pasar el rato. Sin necesidad de nada, sin compromisos.
Era obvio que su repentino dolor de cabeza no era mas que un pretexto para no verse obligada a venir con Cande y conmigo a encontrarse con los cautivadores atributos de Chace y Tom, a los que resultaba tan difícil resistirse.
Interpreté su silencio como una afirmación, pasando por alto su gesto de disconformidad y las tres salimos de ahí, para volver a casa a la velocidad de un rayo. Una vez allá, nos cambiamos de ropa y nos arreglarnos un poco.
Siempre dispuesta a mantener mis sentimientos en la mayor de las privacidades, no dije nada a las chicas que la verdad era que en esos días posteriores a la fiesta, no había pensado en otra cosa que no fuera eso y en la promesa de Chace de llamarme para volver a vernos. Debía reconocer que eso le sumó una dosis de nerviosismo y adrenalina a la situación porque, realmente, no esperaba que cumpliera con lo que había dicho. Creía que en su ajetreada vida de actor, no iba a tener tiempo, ni mucho menos ganas, de llamarme.

Después de los escasos minutos que tardamos en arreglarnos, salimos de casa apuradísimas porque ya tendríamos que haber estado donde nos dijo Chace.
Paramos un taxi, nos subimos, le dimos al chofer la dirección del lugar y le pedimos que fuera lo más rápido que pudiera. Una vez arriba, miré lo que tenía puesto no muy convencida.
-¿Estoy bien? –dije con expresión dubitativa
Llevaba un vestidito color manteca por arriba de las rodillas, cuello alto y media manga, y un saco, cartera y botas negros.
-Sí, divina, ¡amo tu vestido! –Me contestó Abril y luego de mirarse unos segundos me preguntó- ¿Nosotras como estamos?
Ella tenía puesto un Jean azul, una remera roja con un estampado de un Mickey muy tierno, unas converse haciendo juego, y un saco negro abierto. Cande tenía un Jean gris claro, un sacón blanco, y zapatos y cartera verde inglés.
-Totalmente divinas las dos.
-¡Como siempre! –exclamó Cande con fingida presunción y las tres reímos.
Una y diez pasadas nos bajamos del taxi en la entrada de un edificio con un cartel que decía “Extensión de los Estudios Warner Channel”.
Chace y Tom, nos esperaban parados junto a la puerta. 

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