domingo, 27 de febrero de 2011

Los Ángeles, Parte I.



Cande.

Después de quince horas de viaje -en las cuales no hicimos prácticamente nada mas que dormir, a causa del insomnio de la noche anterior- finalmente llegamos a L.A. 
Estábamos súper emocionadas. Bajamos del avión y el sólo hecho de escuchar todo en inglés fue genial. Amaba ese idioma. Lo estudiaba desde muy chica por elección propia.
-¿En donde nos teníamos que encontrar con tu tía? – Pregunto Nata una vez estuvimos fuera del aeropuerto.
-Acá, a unas cuadras –contestó Abril.
Habíamos quedado en encontrarnos con su tía una vez hubiéramos llegado, así que cuando finalmente tomamos posesión de nuestras valijas, salimos y caminamos unas cuadras a la derecha hasta llegar al lugar acordado.
Parada al lado de un ostentoso auto color gris oscuro, una mujer con una hermosa cabellera anaranjada, justo como la de Abril, halaba por su teléfono móvil. Vestía una camisa blanca, con un elegante traje negro y unos zapatos acordonados de cuero haciendo juego. Llevaba en su brazo un maxi-bolso, y completaba su vestuario con unas gafas a tono. Aunque nunca antes la había visto, pude reconocerla apenas la tuve en frente:
-¡Tía!
La aludida enfocó sus ojos en nosotras, colgó su celular y con la mano derecha bajó sus lentes hasta la punta de su nariz.
-¡Ay, nena! Te dije que no me llames tía, decime Connie, que me haces sentir vieja.
Sonrió y se acercó para abrazar a Abril.
-Querida, tanto tiempo sin verte –dijo antes de besar ambas mejillas de mi amiga, y luego se dirigió a nosotras –y ustedes deben ser Candela y Renata – agregó señalándonos respectivamente.
-Así es –confirmó Abril
-Encantada de conocerlas. He escuchado mucho sobre ustedes.
Sonreímos y nos acercamos a saludarla. 
Inmediatamente después, un hombre rollizo, vestido de traje y con una boina sobre su calva cabeza, salio de la cabina del conductor y, luego de un cordial saludo, tomó nuestras valijas y las acomodó en el baúl del coche. Al terminar se acercó a nosotras y abrió la puerta trasera del espacioso automóvil, invitándonos a entrar.
-Adelante chicas, suban –nos animó Connie con una sonrisa.
Casi en un completo silencio nos introdujimos en el vehículo y emprendimos viaje a lo que a partir de ese momento sería nuestro nuevo hogar. Al menos por algunos meses.
No estábamos demasiado cerca del aeropuerto, por lo que tuvimos aproximadamente cuarenta minutos de viaje.
Cuando llegamos, el chofer nos abrió la puerta para que saliéramos y se nos adelantó para bajar nuestras valijas. Entonces, la tía de Ap nos entregó las llaves del edificio, volvió a subir al auto, y bajó la ventanilla.
-Muchas gracias, Connie –dijimos las tres, casi al unísono.
-¡Ay, queridas, no fue nada! Disfrútenlo –el motor se encendió con un estruendo, y cuando estaba a punto de arrancar agregó -¡Ah! Casi me olvidaba: arriba las espera una sorpresa.
Dicho esto, levantó el vidrio polarizado de la ventanilla nuevamente y el automóvil desapareció de nuestra vista.
Giré para quedar de cara al edificio y, al ver la entrada me enamoré: era verdaderamente hermoso, todo el exterior estaba decorado con un estilo moderno exquisito, al igual que el vestíbulo, en el cual el empleado de seguridad y portería nos dio la bienvenida. La verdad es que si esa “no era una de las mejores propiedades que tiene la tía de Abril”, no me imaginaba como serían las demás.
-Mi nombre es George y estoy para servirles cuando lo necesiten -concluyó el alto y flaco individuo de la recepción luego de darnos todas las indicaciones necesarias para una estadía agradable en el edificio. Tanto acogimiento me sentó demasiado extraño.
-Mi tía debió contarle que veníamos, ya que ella vivió acá hace un tiempo -nos explicó Ap al apreciar nuestro desconcierto, una vez montadas en el elevador.
Nuestro departamento se encontraba en el segundo piso. Bajamos del ascensor y nos paramos las tres delante de la oscura puerta de roble. Ninguna hacía nada. 
Después de dos minutos de mirar ese pedazo de madera, Ab se echó a reír. Al instante Nata y yo nos contagiamos. 
-¿Entramos, chicas? -pregunté con una mirada misteriosa.
-Dale.
Nata abrió la puerta, estiró la mano para encender la luz y las tres nos introdujimos en el que iba a ser nuestro “hogar, dulce hogar” durante los próximos tres meses.
Era precioso. Se entraba directamente a la sala de estar. Las paredes eran de color siena y sobre ella colgaban diversos cuadros de pintores que mi nivel de cultura general no llegaba a reconocer. La lámpara del techo era parecida a una araña antigua pero a la vez era de una exagerada modernidad. 
Casi sobre la pared izquierda descansaban un gran sofá blanco y dos pequeños sillones a los costados haciendo juego, frente a una mesita ratona de madera adornada por un florero de porcelana repleto de hermosas flores de peonías. Justo delante se encontraban el moderno televisor y el reproductor de DVD sobre un aparador de roble en el que también residía un aparatoso equipo de música. A su lado había una enorme estantería en la que ya planeaba dejar todos mis libros y en un rincón a mi izquierda, había un soberbio perchero también de madera. 
Justo en la pared contraria a la que yo tenía detrás, había un gran ventanal con largas cortinas blancas y puertas corredizas de vidrio que comunicaba con el extenso balcón adornado con macetas y sillones de hojarasca, que daba a la calle. Por último, y del lado derecho, asomaba un escalón que daba inicio a una escalera.
Nos quedamos un minuto paradas mirando todo, hasta que Nata salió corriendo y se tiró arriba del sillón central.
-¡AY! ¡Amo Este sillón! ¡Amo esto! ¡Amo L.A! ¡Amo todo! -empezó a gritar mientras saltaba sobre los almohadones.
Ab y yo nos miramos con complicidad: sí, definitivamente está loca, le dije con la mirada.
-¿Y a nosotras no? -preguntó Ab.
Nata le echó una mirada desdeñosa y no respondió. Nunca, durante todos los años de amistad, nos había dedicado una palabra de afecto. No porque no la sintiera, sino porque no era su estilo. Sabíamos que le costaba mucho expresar sus sentimientos.
Abril rió y se acercó a la mesita de madera. Tomó una flor del jarrón y luego la olió con gesto teatral.
-Peonías. Se nota que mi tía estuvo acá –volvió a la entrada a agarrar las maletas que había dejado olvidadas y cerró la puerta. Acto seguido, soltó un grito ahogado-. Chicas, o sea, estamos en Los Ángeles ¿se dan cuenta de eso?
-¡Si, es tan emocionante!
-¡I know!
-Stop. Vayamos a ver el resto del departamento -dije quitándole un cojín de la mano a Nata que seguía saltando desaforadamente-. Y cuando se marchiten me hago un llavero- agregué quitándole la flor a Abril.
Dejamos el equipaje en la sala y nos dirigimos a una puerta, situada al otro lado de la misma. Encendimos la luz y nos vimos en la cocina-comedor.
Era bastante amplia y todo estaba decorado con la misma madera de roble que el resto de la casa: la mesa, las sillas, las alacenas e incluso la heladera estaba alojada dentro de un mueble de la misma madera. La mesada podía brindarnos el lugar suficiente que necesitaríamos a la hora de sacar a la luz nuestras dotes culinarias que, a decir verdad, no eran nada descomunales. Junto a él se encontraban el horno y el lavavajillas -bendito sea- y al fondo había una abertura que brindaba conexión con una pequeña habitación que tenía función de lavadero ya que dentro se encontraba el lavarropas automático. Con sólo mirar a mi alrededor ya podía imaginarme tomando un rico desayuno en aquel lugar. Apropósito, pensando en eso, sentí que nos quedaba algo por hacer…
Sin darle demasiada importancia a ese área de la casa, nos dirigimos de vuelta a la sala de estar y riendo de emoción nos escabullimos por las escaleras que daban a un entrepiso ocupado por un largo pasillo, en el cual había cuatro puertas: dos a la derecha y dos a la izquierda. 
La primera puerta de la izquierda, tenía un cartelito en diferentes tonos de marrón claro y color crema y una especie de estampado de pequeñas florcitas; decía “Candela” con una caligrafía elegante en color rosa. El pequeño letrero de la segunda habitación de la izquierda, tenía un fondo lavanda claro y las letras, de un tono más oscuro, formaban la palabra “Abril” con un estilo un tanto infantil. Por último, la primera puerta de la derecha, tenía un cartel de lo más simple y a la vez soberbio, de fondo rojo y letras negras de un estilo muy moderno; formaban la palabra “Renata”.
Casi sin pensarlo, nos echamos a correr en todas direcciones, abriendo cada puerta de un golpe para descubrir lo que había al otro lado. Digamos que los letreros que habían en cada una de ellas eran un adelanto de lo que había dentro.
Mi habitación era un fiel reflejo de mi personalidad. Las paredes eran color tiza y los muebles eran antiguos, todos del mismo roble que los del resto de la casa. La cama, con un majestuoso respaldar, estaba cubierta por un acolchado del mismo color de las paredes, con el mismo diseño de flores que tenia el cartel de la puerta, en tonos de rosa y caramelo. El estampado estaba, también, en la tela que forraba el respaldo y el asiento de una silla, ubicada a un lado del escritorio que estaba frente a mi cama. En la pared contraria a la entrada, había una gran ventana con cortinas venecianas de madera, en el mismo color caramelo que llevaba el cubre cama y, a su lado, un tocador con un hermoso espejo llamaba mi atención. Frente a él se encontraba un placard empotrado revestido en madera de un color semejante a la del resto de los muebles. A la izquierda de la cama una mesa de luz con un velador de pantalla en color caramelo le proporcionaba una tenue luz al ambiente, y ubicado en la pared sobre ella, un cuadro le daba un simple detalle a la habitación. Era hermosa; un lugar perfecto en el cual relajarme y, a su vez, disfrutar.
-Connie parece conocer mis gustos mejor que yo misma –dije en voz alta, sin poder contener el tono de sorpresa en mi voz.
Cuando me cercioré de que la habitación no era un sueño, sino que en verdad me iba a pertenecer por estos meses, salí al pasillo y atravesé la puerta de en frente, que era la entrada a la habitación de Nata. Al entrar, la pared sobre la cual descansaba el respaldo de la cama acaparó mi atención: estaba pintada de un vibrante rojo. El resto de la habitación era de un color gris muy suave. Los muebles eran de una línea muy simple, ya que el color hacía al cuarto lo suficientemente interesante. El placard era semejante al de mi habitación, sólo que en otro color. Sobre la pared que enfrenaba a la puerta de entrada, se hallaba un mueble formado por seis cubos de madera roja apilados en los que, supuse, mas adelante mi amiga ubicaría gran parte de sus pertenencias. A su lado se situaba una gran ventana que daba al ala interna del edificio y suministraba mucha luz natural a este cuarto. La sonrisa de Nata, quien ya se había acostado en la cama para testearla, no podía ser mas grande, claramente se veía que su nueva habitación le encantaba y que la elección de Connie, tal como lo había sido respecto a mi habitación, no podría haber sido mejor.
-¿Vamos a ver que tal el cuarto de Abril? –pregunte, ansiosa por ver esa otra parte de la casa.
-¡Si, ya!
Se levantó, y pasó corriendo por mi lado como un rayo.
Que loca está esta chica, pensé para mis adentros
Nos introdujimos en la pieza cuya entrada se encontraba a la derecha de la mía, y las dos quedamos impresionadas.
-Wow –dijimos Nat y yo al mismo tiempo.
-¿Si, no? – comentó Abril simulando indiferencia.
-No quieras parecer centrada, ya se que morís por gritar lo feliz que estas a los cuatro vientos –repliqué
-¡AAY chicas si! O sea, AMO este lugar. Es perfecto, increíble, ¡un sueño! Creí que iba a extrañar un poco la comodidad de mi casa, ¡pero veo que mi tía se encargó de que no fuese así! –respondió liberando finalmente la alegría que sentía, y saltando sobre la cama, cubierta por un edredón azul fuerte.
Su habitación y la mía eran simétricas. Las paredes de esta eran en un tono muy suave del mismo color del cobertor, y los muebles blancos. Las cortinas eran del mismo azul que el acolchado y en el centro de la habitación, una alfombra redonda y muy peluda le daba un toque diferente al ambiente.
A demás del mobiliario, lo que nos representaba a la perfección a cada una eran los colores. Lo que había estudiado durante mis años de secundaria, me servía para definir a una persona con un color.
Al entrar al cuarto de Nata, lo primero que captó mi interés fue el color rojo, y eso era ella: fuerza, alegría de vivir, dinamismo, dignidad, poder, realeza, pasión, amor, lujuria, brutalidad y exaltación; como a veces también era violencia, guerra y fuego.
En el cuarto de Abril todo era azul, el color que mejor la describía: profundidad, femineidad, relajación, interioridad, espiritualidad, calma, frescura, símbolo de lo mejor, éxito, sinceridad e inteligencia; tanto como tristeza y melancolía.
Y en mi cuarto el color predominante era el rosa, el mismo color con el que siempre me definí a mi misma: romanticismo, suavidad, fragilidad, feminidad, amabilidad, intimidad, ingenuidad, sensualidad.
   Siempre me resultó divertido darle un color a las personas e incluso a las situaciones. Ya era una manía, una parte de mí.
-La verdad que tu tía se pasó, Ap -dijo Nata todavía sin dar crédito a lo que sus ojos veían.
-Sí, la verdad es que ni yo lo puedo creer. Como mínimo tuvo que haber llamado a un decorador de interiores profesional -contestó la aludida con la misma expresión en el rostro-. Ni siquiera le dijimos de qué color queríamos las cosas y sin embargo todo está perfecto… Ahora entiendo por qué me pidió que le hablara sobre ustedes, en base a eso, debe haber deducido hasta el más mínimo detalle de la decoración.
Yo simplemente asentí con una enorme sonrisa en la cara.
-Ap…-dije.
-¿Qué? - preguntó ella expectante.
-Tu tía es lo más.
Luego de eso, estuvimos recorriendo la casa y gritando de la emoción como nenas chiquitas alrededor de media hora cuando reaccioné y me di cuenta del por que de aquella sensación de vacío que me invadió mientras contemplaba la cocina.
-¿Qué hora es? –pregunté alarmada, quedándome congelada en el lugar en el que estaba, como jugando al juego de las estatuas.
-A ver… tengo que poner esto en hora –me respondió Ab mirando su reloj y girando una pequeña perilla en un costado del mismo-. Acá serían las… ¡diez de la noche!
-Ah, bueno, por algo tenía hambre. ¿Qué podemos comer?
Nos miramos significativamente. Creo que no habíamos pensado en que teníamos que comer en algún momento. Digamos que la cocina no era nuestro fuerte, pero además no teníamos nada en la casa. A la mañana siguiente tendríamos que ir a comprar de todo para equiparla.
-Si no me equivoco –expuso Nata pensativa-, a unas cuadras había una pizzería. ¿Vamos a ver?
-Vamos. Y si no es una pizzería nos fijamos que conseguimos por ahí. ¿Quieren? –propuse.
-Si, totalmente –concluyó Abril.
Agarramos nuestros abrigos y salimos.
Gracias a Dios, lo que había unas cuantas cuadras atrás sí era una pizzería, así que pudimos comprar rápido y volver para cenar en casa. Moríamos de hambre. Obviamente, durante el vuelo nos ofrecieron comida, pero los nervios, la ansiedad, la euforia y los otros miles de sentimientos encontrados, nos habían formado un nudo en el estómago y no probamos bocado. Solamente tomé un café, de lo cual me arrepentí al ratito, ya que se me comenzó a revolver el estómago. Ahora que lo pensaba, lo último que habíamos comido en le día había sido el chocolate del aeropuerto. ¡Dios, que hambre tenía!
Llegamos al departamento y prácticamente nos tiramos arriba de la pizza a la napolitana. Mientras la comíamos cada una comenzó a ordenar las cosas de las valijas en su placard, al tiempo que charlábamos y escuchábamos música.
-¿Podés bajar eso? ¿O querés que nos echen del edificio el primer día? -increpé a Nata señalando en dirección al living, donde el equipo de música emanaba una fuerte melodía. Ella me miró mal, pero luego se escabulló por la puerta, bajó el volumen de la música y volvió a sentarse en la cama, a mi lado.
Estábamos las tres en su cuarto, ayudándola a terminar de guardar las últimas cosas que quedaban en sus valijas.
-¿Para qué trajiste esto? -preguntó Abril alzando un Yo-Yo de plástico ante nosotras.
-Nunca se sabe -respondió Nata arrebatándoselo de las manos-. Además hay que admitir que es súper divertido -agregó con una pícara sonrisa en los labios.
-A mí nunca me salió hacer eso -dije mirando como lo hacía caer y volver a subir una y otra vez sin que saliera de su control. No entendía como lo hacía.
-Es fácil –contestó divertida, como una nena chiquita.
-¿Y esta caja, que tiene? -preguntó Abril.
-Ah, son fotos –Nata se la sacó, también, y la abrió. Luego desparramó todo su contenido sobre la cama y seleccionó varias fotografías que luego fue a pegar con cinta en la puerta de su placard-. Así está mejor -sonrió satisfecha.
-Bueno, creo que eso era lo último -dijo Ap con expresión cansada.
-No, no. Todavía queda esto -dijo Nata mostrándole un bolso mullido, aparentemente lleno de ropa. Abril se atragantó con la porción de pizza que estaba masticando.
-¡¿De donde sacaste esa ropa?!
-Le robé a mamá -dijo maliciosamente.
Las tres nos echamos a reír. La madre de Nata era muy joven, se vestía siempre a la moda y tenía un gusto increíblemente bueno.
-¡Te va a matar cuando se entere! -dije en una carcajada.
-Difícil, Cande… ¿ya te olvidaste que estamos en USA?
La respuesta de Nata sólo intensificó las risas de todas.
-Bueno, dale. Empezá a guardar que yo voy a buscar unos vasos para tomar la gaseosa -Abril se levantó y se acercó a la puerta-. Si trago algo mas sin antes tomar nada, muero -y se desvaneció.
Luego de guardar toda la ropa que quedaba, decidimos despedirnos hasta el día siguiente.
Me dirigí a mi pieza, guardé dentro del armario la última remera que quedaba fuera de lugar y me zambullí en la cama. Supongo que además de linda era cómoda, porque me dormí rapidísimo.

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