Entonces entendí todo. Las tres nos miramos y comenzamos a reír como locas.
-¡Estúpida! ¿Qué hacia el pasaporte ahí?- le dije a Nata. La risa hacía que mis palabras se entendieran poco y nada.
-En realidad… lo quería llevar conmigo para… ¡para no perderlo!- exclamó entre risas.
Nuestras carcajadas resonaron en el baño y ahí estuvimos riéndonos como tontas durante un rato largo.
Cuando nos calmamos, ayudamos a Nata a ordenar su habitación -¿mencioné ya que era un completo desastre?- y nos fuimos cada una a nuestra respectiva casa. ¡Que día agotador!
Cuando llegué a mi casa, me aseguré de que todos mis papeles importantes estuvieran en su lugar para no tener que pasar ninguna situación parecida. Cené y me fui a acostar. Una vez en mi cama, caí en la cuenta de que estaba a MUY POCAS horas de viajar y empecé a repasar en mi cabeza todas las cosas que haría al día siguiente.
Viajábamos a las diez y media de la mañana, así que me tenía que levantar súper temprano porque Ab me pasaba a buscar aproximadamente a las ocho, para estar en el aeropuerto por lo menos dos horas antes, para tener tiempo de hacer el Check In y despedirme de mi familia.
Después, un largo y agotador viaje, y cuando llegáramos… ¡ay, que bueno iba a ser eso! Nos íbamos a quedar en la casa de la tía de Abril que vivía allá desde que tenía nuestra edad. En realidad, en una de las tantas casas que tiene en alquiler en Los Ángeles. La única diferencia es que nosotras nos quedábamos gratis, como es obvio, y la teníamos para nosotras solas. Igual, sabía que no era de las mejores propiedades que tenía y que además estaba en desuso desde hacía un largo tiempo, pero así fuera un mono-ambiente, para mi estaba bien. Si hubiéramos tenido que pagar el hotel, deberíamos haber llevado el doble de plata.
Miré el reloj: ¡¿La una de la mañana?! MG, no me iba a despertar con nada al otro día. Me acomodé, cerré los ojos y después de dar vueltas por un largo rato, finalmente me dormí.
Renata.
-¡…y si no te levantás ahora no vas a llegar, eh! Yo te aviso nada mas… ¿Me estás escuchando?
Abrí los ojos y la vi a mi mamá que agitaba una mano delante de mi cara como queriendo espantar alguna especie de insecto invisible. Cuando me vio despierta, se levanto de los pies de mi cama y se fue para la habitación de mi hermano.
Aproveché y volví a cerrar los ojos. Sus palabras me sonaron distantes y confusas: levantarme… Llegar tarde… ¿a donde? No, nada de levantarme, mamá. ¿No ves que anoche me quedé despierta hasta cualquier hora porque no me podía dormir porque…? ¡PORQUE HOY VIAJO!
Volví a abrir los ojos de golpe. La luz de mi cuarto estaba encendida así que me costaba mucho ver bien a mi alrededor. Como pude, miré el reloj desesperada: ¿las siete y cuarto? ¡Dios, iba a perder el vuelo!
Me levanté de la cama con los ojos entrecerrados y tanteando a mi alrededor para no golpearme con nada pero, a pesar de eso, el televisor que estaba frente a mi cama frenó mi trayectoria.
-AAAAAAAAAAAYYYYY!! –grité con todas mis fuerzas.
-¿Que pasó? –preguntó mi madre que llegaba corriendo a donde me encontraba.
-¡Que me golpeé el pie! ¿Quién puso esa televisión ahí? –contesté frunciendo el seño. Era típico de mí echarles la culpa a los demás de mis propios errores, incluso a los objetos inanimados.
-Esta ahí hace años, hija –me dijo señalando la obviedad del asunto.
Le lancé una miraba que expresaba que no nos estábamos entendiendo y luego me dirigí al baño con los ojos ya abiertos y saltando en un pie, ya que el otro lo estaba sosteniendo con mis manos porque me dolía demasiado. Me sangraba el dedo chiquito. Me lo enjuagué y desinfecté y abrí la ducha, recordando que llegaba tarde.
Mientras el baño se llenaba de vapor, me lavé la cara y los dientes y después de desvestirme, me metí bajo el chorro de agua tibia. Apenas terminé, me puse una curita en mi pobre y machucado dedo meñique del pie.
Pocos minutos después salí del baño y corrí a mi habitación a vestirme: una remerita suelta, un Jean y zapatillas eran perfectos para la ocasión. Necesitaba un vestuario cómodo, ya que iba a viajar quince horas. Cuando terminé, volví corriendo al baño: me sequé el cabello rápidamente, me hice bucles, me apliqué un poco de base de maquillaje, delineé el contorno de mis ojos y listo.
Me dirigí al hall de entrada donde mi mamá y Feli ya me esperaban ahí parados.
-¿Ya están listos?- les pregunté con emoción.
-Sí, y esperándote a vos –me contestó mi hermano de mala gana.
-Bueno, yo ya estoy lista… ¿vamos?
-Ah, ¿si? ¿Segura que no te olvidas de nada?
Miré a mi alrededor, escrutando todo con detenimiento y luego me miré a mi misma. Mis manos estaban vacías y era obvia la respuesta a la pregunta.
-¿Las valijas? –dije sacando la lengua con inocencia, dándome cuenta de que me estaba olvidando de lo más importante.
Volví a mi habitación riéndome sola y aproveché para darle un último vistazo a modo de despedida. Después de todo no iba a volver ahí en tres meses y ese era mi santuario. Me acerqué a mi mesita de luz y tomé de allí un portarretratos. Extraje la foto de su interior y me la guardé en el bolsillo.
Agarré las valijas y una campera de algodón que había dejado en el bolsillo de una de ellas, para cuando llegáramos allá, porque a pesar de que era 3 de diciembre y ya se empezaba a sentir el calor del verano, apenas bajáramos del avión nos iba a azotar el frío invierno de Los Ángeles, que en realidad nunca era tan frío.
Pensando en eso, apagué la luz y volví a la entrada. Mi familia me esperaba con la puerta ya abierta. Un rayo de sol me pegó en la cara con la fuerza de una cachetada, así que me puse las gafas y salí a la calle.
-Subamos a un taxi porque sino no llegás a tiempo –dijo mi mamá al tiempo que levantaba su brazo derecho, para hacer detener un vehículo negro y amarillo que circulaba por la calle en dirección a nosotros.
Llegamos al aeropuerto de Ezeiza a las nueve menos veinticinco. Subí las escaleras mecánicas con todo el apuro del mundo y cuando llegué arriba escuché un grito a mi derecha.
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