domingo, 3 de abril de 2011

Tarde de chicas... ¿con chicos?, Parte IV

Cande

Joe y yo nos quedamos hablando bastante tiempo sobre nosotros. Me caía realmente bien y, a simple vista, parecía ser muy buena persona a pesar de todo lo que había escuchado sobre él en el último tiempo. No podía considerarlo de esa clase de personas que podían traicionar a alguien y por eso estaba cada vez más intrigada acerca de lo que podía haber pasado entre los hermanos Jonas. 
Si luego de hoy nos siguiéramos viendo, nuestra relación como amigos alguna vez avanzara y me sentía con la confianza suficiente, estaba dispuesta a preguntárselo, pero en esas circunstancias hubiese sido una intromisión, una total imprudencia. Ya había sido demasiado arriesgado preguntarle simplemente que tal estaba su familia.
Mientras hablábamos, yo daba vueltas por la cocina de un lado a otro acomodando compulsivamente las cosas que tenía a mi alrededor, hasta que decidí sentarme sobre la mesada. Estar demasiado cerca de Joe, me ponía nerviosa. Aun así, sin darme cuenta de cómo ni cuando, en el momento en que volví a dirigir mi mirada hacia él, estaba parado delante de mí. No me quejé ni le pedí que se alejara, claro, simplemente seguí la conversación como si nada.
-Candela –susurró.
POR DIOS ¡Que hermosa la forma en la que pronuncia mi nombre!, mi cerebro se derretía como manteca y mi corazón había perdido el juicio.
Oír su voz me hizo bajar de mi nube, en la que me había quedado, según sospechaba, hacía ya unos cuantos minutos. Corrí la vista nuevamente a donde estaba la cara de Joe, y me percaté de que tan sólo nos separaban unos pocos centímetros. ¿Me había estado mirando todo ese tiempo? Que vergüenza…
-¿Qué pasa? -No comprendí por que exactamente, pero hablé en un susurro al igual que lo había hecho él.
Joe me miró a los ojos, intensamente. Estaba serio, pero su mirada era dulce.
-Sos tan…
-GOD!
Su frase quedó interrumpida por el grito de alguien que acababa de entrar en la cocina.
Los dos nos sobresaltamos y de un momento al otro Joe acabó parado a más de un metro de donde estaba anteriormente. Tenía la vista fija en mí y yo en él. Luego de unos segundos, cambié la dirección de mi mirada a la persona que nos había interrumpido. Fuera quien fuera, debía matarlo.
Abril me miró arrepentida desde el umbral de la puerta, aunque sus ojos denotaban algo de enojo también. ¿Enojada ella? Nosotros deberíamos estar enojados… Aunque analizando mejor la situación, comprendí que su enojo no era con ninguna de las personas que estaban en la habitación a excepción de ella misma.
-Perdonen. Yo, yo… yo me iba.
Dio media vuelta y se fue por el mismo lugar por el que había llegado. ¿Por qué siempre nos interrumpía en los momentos menos indicados? Sabía que no lo hacía a propósito o concientemente pero, de todas formas, lo hacía.
Miré a Joe nuevamente y me di cuenta de que no había dejado de mirarme en ningún momento. Me ruboricé inmediatamente. Al igual que unos minutos atrás, estaba serio, no sonreía. La única e insignificante diferencia, era que antes estábamos a escasos centímetros y ahora nos separaba todo el ancho de la cocina.
-Siempre hay alguien para interrumpir, ¿no?
-Siempre está Abril para interrumpir –especifiqué.
Finalmente sonrió. Se acercó a donde yo seguía sentada y me ofreció una mano, que yo ni dudé en tomar. Caminamos hasta la puerta pero, cuando estaba a punto de cruzarla, tiró de mi brazo haciendo que nuestros cuerpos quedaran casi pegados. Clavó sus ojos en los míos, lo cual me puso más nerviosa de lo que estaba.
-Tené en cuenta que no me voy a dar por vencido tan fácilmente, eh –me previno.
Dicho esto, soltó mi mano y se dirigió hacia la sala. Se sentó en un sillón y se puso a hojear una revista que tomó de la mesa ratona, como si nada hubiera pasado.
¿Que había querido decir con eso? ¿Me estaba confirmando lo que yo pensaba? ¿Sería que… que le pasaba algo conmigo?
No. Lo mas probable era que no. Lo mas factible era que yo había entendido cualquier cosa y él no había querido besarme como a mí me había parecido. O tal vez sucedía que mi amor platónico por Joe –ahora no tan platónico-, al que había dado por muerto hacía ya tanto tiempo, estaba renaciendo de las cenizas como el ave Fénix. 
Lo único cierto era que iba a quedarme con esa duda.
Resignada, sabiendo que de nuevo había pasado el momento, seguí sus pasos y me senté en el apoyabrazos del sillón en el que estaba Ap. Chace y Nata estaban acomodados en el sofá del medio.
Todos conversaban alegremente, aunque noté que Abril evitaba mirar a Tom y él, en cambio, no le sacaba los ojos de encima. No sabía que estaba pasando pero estaba segura de que un rato mas tarde, cuando los chicos se hubiesen ido, me iba a enterar.
Me sumé a la conversación e inmediatamente me puse a reír con ellos. Nosotras les contábamos cosas sobre nuestra cultura en las que ellos parecían estar bastante interesados.
-¡No! ¡El dulce de leche fue lo mejor de cuando fui a Argentina! No me olvido mas… es tan… -dijo Joe con una mueca de satisfacción.
-¡Extremadamente exquisito! –Nata terminó la frase por él.
-Si alguna vez vuelvo a Argentina me tengo que traer unos cuantos frascos para tener por un tiempo. Acá hay un par de lugares donde se consiguen pero no es muy común, y tampoco es igual al que venden allá.
-Yo nunca comí. Ahora me dieron ganas de probarlo –dijo Tom con curiosidad.
La tarde transcurrió así, hablando de nosotras y de ellos, contándonos anécdotas, haciendo chistes y demás. Era increíble que fueran famosos porque no lo hacían notorio en ningún sentido. Estando con ellos me sentí extremadamente cómoda. Eran simplemente chicos normales, y me hacían sentir bien.
-¡Renata Stefanatto ni se te ocurra contar eso! –la amenazó Abril.
-¿Por qué no? –Preguntó la aludida riendo a más no poder-. ¡Eras tan tierna, Ap!
-Tenía trece años y hacía estupideces –se excusó Abril.
-Bueno, convengamos que eso no cambió demasiado… Ahora tenés dieciocho y las seguís haciendo… -bromeé.
Mi amiga me miró mal pero igualmente sonrió.
-Bueno, yo les cuento… -empezó Nata mirando a los invitados.
-¡No!
-¡SI TE DIJE!
Okay, eso me asustó. Por lo visto a Abril también ya que no dijo nada.
-La historia es así -continuó Renata riendo-: cuando estábamos en primer año de la secundaria, Ab tenía trece años y estaba enamorada de un preceptor -estaba costando entender lo que decía ya que sus palabras se mezclaban con la risa-. Y ella, así de tímida como la ven, era re poeta y le dejaba poemas de amor anónimos en preceptoría.
Al escuchar esto todos la miramos y no pudimos aguantar la risa. Ella estaba escondiendo su cara detrás de un almohadón pero sólo tardó unos segundos en soltarlo y sumarse a las carcajadas.
-Ya sé que es patético, pero era tan lindo…
Puso cara de enamorada lo cual aumentó la risa de todos nosotros.
-Otra vez me hace ruido la panza. ¿Quieren pedir comida? –preguntó Nata.
-Si, dale que la mía está a punto de ponerse a hablar –contestó Joe acariciándose la boca del estómago. Luego se levantó del sillón y se puso a caminar por la sala. Siempre tenía que decir alguna estupidez y siempre tenía que estar moviéndose. 
Entonces comprendí que el color que mejor definía a Joe era el amarillo. Amarillo, entre otras cosas, significaba luz, energía, calor, brillo, fortaleza, extroversión, vitalidad, alegría, poder y… traición. 
Me levanté y fui a la cocina a buscar el imán de la pizzería en la que habíamos comprado en nuestra primera noche en Los Ángeles, mientras sacudía la cabeza como si de esa forma pudiera desterrar esa última idea de mi mente.
Llamé y pedí dos grandes.
Al cabo de unos minutos sonó el timbre. Abril fue a la puerta de entrada a recoger el pedido y cuando subió la ayudamos a servir todo en varios platos.
-¡Moría de hambre! –exclamó Joe luego de morder un pedazo de su porción de pizza.
-Totalmente, esta pizza es muy buena. ¿Donde la compraron? –preguntó Chace probando la suya.
-En Domino’s Pizza, a unas cuadras de acá –contesté-. El día que llegamos compramos ahí y nos enamoramos. Son lo más estas pizzas.
Tom asintió con la boca llena.
Cuando terminamos de comer, los chicos anunciaron que se tenían que ir, comentándonos que, a pesar de que al otro día era domingo, tenían que estar en el set de grabación muy temprano por la mañana. Me resultó extraño escuchar aquello. Era, simplemente, que la pizza del sábado en nuestra casa y la sitcom del domingo, no eran compatibles.
-Nos vemos, Cande –se despidió Joe con una radiante sonrisa luego de besarme con ímpetu en la mejilla y salió por la puerta en último lugar.
Nata los acompaño hasta la planta baja y al volver cerró la puerta a sus espaldas y se apoyó en ella, sonriente.
-No saben lo que tengo para contarles…
-¡Contá ya! –la interrumpió Abril.
Al ver que Nata comenzaba a hacernos una misteriosa, probablemente para que su relato sea mas emocionante, me levanté del sillón y mientras caminaba hacia ella le dije:
-Ya mismo nos contás lo que pasó.
La tomé por la muñeca y, pese a su esfuerzo por resistirse, la arrastré hasta el sillón. Le di un leve empujoncito para que quedara sentada y me acomodé junto a ella. En el lado opuesto del sillón, Abril me imitó. La observamos, expectantes.
-¡Esperen! Esto merece una noche de chicas. Vayan a buscar colchones y yo provisiones.
-No, ni ahí. Nos contás así como estamos y listo. Dale –me negué.
-No, no. Noche de chicas –dijo decididamente y se cruzó de brazos.
-Dale Nat, contanos ahora –le suplicó Abril.
-No, quiero nuestra primera noche de chicas en LA.
-Pero tardamos mucho en preparar todo y se prolonga la intriga…
-Si ya se hubiesen parado a hacer lo que les dije, ahora les podría estar contando. Noche de chicas o a dormir cada una a su cuarto –dijo terminantemente.
Muy a nuestro pesar, nos levantamos y fuimos a buscar lo que Renata nos había pedido. Al cabo de unos diez minutos teníamos preparados los tres colchones, con un par de frazadas y todas las almohadas y almohadones de la casa. Nata había traído una bandeja con paquetes de galletitas, golosinas, café, té y gaseosas. Podía parecer exagerado pero para una Noche de Chicas con todas las letras, iba a ser necesario.
Debía reconocer que, aunque al principio me había negado, la idea me terminó entusiasmando y más teniendo en cuenta que yo misma tenía mucho que contarles y estaba claro que Abril también.
Cuando tuvimos todo listo no había mas excusas para posponer la historia.
-Bueno, Nat, divino quedó esto, pero ahora contá todo.

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